La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

sábado, 28 de febrero de 2026

Es difícil describir la sensación de caminar por las calles de Estambul, cada recoveco esconde profundas historias que intangibles vencen al tiempo y a los vicios de la memoria. El Mármara y el Bósforo son omnipresentes en su paisaje, el Cuerno de Oro se abre con su majestuosidad. Las gaviotas son los personajes principales del cuadro, merodeando a los eternos pescadores apostados sobre el puente, persiguiendo a los barcos como presas. Escaleras, callejones estrechos, mezquitas, sinagogas e iglesias; todos sus rincones poblados por simpáticos felinos, acostumbrados a la calle, al tránsito de los tranvías, los automóviles y la gente. 

Adentrándose en el Mármara las Islas del Príncipe, llamadas Adalar por los locales, término que simplemente significa islas en turco. Büyükada, Heybeliada, Burgazada, Kınalıada, Sedef, Yassıada, Tavşan, Kaşık, y Sivriada; cada una con sus bosques, sus playas, sus puertos, sus pequeños pueblos donde habitan pequeños restaurantes de madera y mínimos cafés animados en las tardes de verano.

El relieve de la ciudad es un antónimo de mi llanura pampeana: aquí, las calles forman meandros que suben y bajan, algunas incluso no son otra cosa que escaleras que conectan los desniveles. Caminar es más cansador pero sumamente más atrapante, hipnótico.

La arquitectura es ecléctica, genoveses, bizantinos, armenios y otomanos brindaron su impronta. El cruce entre Oriente y Occidente, la ciudad de la eterna contradicción, donde hay minifaldas y velos.

El llamado al rezo resuena en todas las calles, se pierde en las bahías mientras el sol se esconden. Algunos viejos se apresuran para llegar a las mezquitas, otros jóvenes ni se inmutan. El humo del cigarrillo pulula por todos lados, mientras parroquianos toman çay y juegan a las cartas en un local perdido.


miércoles, 18 de febrero de 2026

Azucenas y crisantemos

    Como una leve brisa de aire, entran en mis pensamientos memorias de una casa rural, paredes de adobe y techos de paja. El pastizal pampeano se perfila en todo el cuadro, mientras que al fondo se asoma discretamente la laguna. 
    Apoyo mis codos en el alféizar de la vieja ventana mirando hacia el horizonte, la habitación donde estoy sólo tiene luz natural y el calor es abrasador. Un perfume horrible de azucenas y crisantemos me asfixia, las flores son para disimular los efluvios de la muerte. 
    Me vuelvo hacia el interior, se abre la habitación ante mí y el escenario es desolador: el ataúd, la mortaja, un rostro lívido otrora humano, dos señoras entradas en la vejez enteramente vestidas de negro; en los rincones hay azucenas y crisantemos. 
    No queda casi nadie en la casa, sólo ellos y yo; yo, que soy un espectro más; yo, que soy un intruso en un recuerdo ajeno; yo, que viajo entre los vahídos del ayer; yo, que estoy atado a la nada.
    Son sólo memorias de escenas que nunca existieron, o tal vez existan porque yo, un mendigo de los sueños, las estoy contando.