Como una leve brisa de aire, entran en mis pensamientos memorias de una casa rural, paredes de adobe y techos de paja. El pastizal pampeano se perfila en todo el cuadro, mientras que al fondo se asoma discretamente la laguna.
Apoyo mis codos en el alféizar de la vieja ventana mirando hacia el horizonte, la habitación donde estoy sólo tiene luz natural y el calor es abrasador. Un perfume horrible de azucenas y crisantemos me asfixia, las flores son para disimular los efluvios de la muerte.
Me vuelvo hacia el interior, se abre la habitación ante mí y el escenario es desolador: el ataúd, la mortaja, un rostro lívido otrora humano, dos señoras entradas en la vejez enteramente vestidas de negro; en los rincones hay azucenas y crisantemos.
No queda casi nadie en la casa, sólo ellos y yo; yo, que soy un espectro más; yo, que soy un intruso en un recuerdo ajeno; yo, que viajo entre los vahídos del ayer; yo, que estoy atado a la nada.
Son sólo memorias de escenas que nunca existieron, o tal vez existan porque yo, un mendigo de los sueños, las estoy contando.