La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

martes, 13 de octubre de 2026

Se aleja la luz del sol en el horizonte, los últimos rayos iluminan los vidrios rotos de las ventanas mientras una paloma se posa en un marco olvidado. Amplias portones oxidados, paredes grises descascaradas y llenas de pintadas. El silencio llena cada espacio, se pasea por el corredor, por las oficinas de escritorios ajados, abre puertas desvencijadas como un espectro que espera por un humano para desvanecerse. Ecos resuenan en los viejos talleres, ecos del ayer. El agua se filtra en las chapas de los galpones que abrazan al silencio, que también esperan la vida o la muerte. La calle observa desierta, sin otro sonido más que los ladridos lejanos de un perro, el sonido grave de un colectivo que pasa en la otra cuadra, y en la esquina yace una parada con un banco de metal roto y sin ningún cartel. Hay pocos árboles en el barrio, predominan colores opacos, ya nadie se baja en la parada de la esquina.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

 Signos antiguos grabados en el papiro que se desintegra entre mis manos, 

Signos que se desvanecen en la historia, con el tiempo, con el fuego,

Cenizas que guardan relatos que nunca conoceré,

o quizás los conozca, difusamente, en otras líneas,

en mis vahídos, intervalos lúcidos, entreveo los grafemas de arcaicas lenguas.

En las orillas de turbios mares, las espuma canta canciones viejas,

músicas transparentes de otros cielos,

de bailes trágicos, de magnos triunfos,

de ruinas sin nombre.

Apariciones (Pampas)

 Caminabas etérea, angelada, con tu vestido blanco que resaltaba entre el verdor del campo. Te sentaste bajo la sombra del viejo ombú, detrás de los viejos establos, el sol tibio aún iluminaba tus pies morenos. Mi presencia advertiste ya desde la lejanía, me aproximé de a poco, cada paso pesaba como un ancla en el suelo pampeano, cada paso retumbaba en la esfera límpida del firmamento, como si estuviéramos encapsulados. Ya el ombú me cubría, el frescor de la sombra me erizó la piel, irradiabas frío, exhalabas hielo, estiré mis manos para tocarte, buscarte, y así sin más te desvaneciste como una visión pérfida en medio del desierto. 

Ensillé, cabalgué por horas, por días, por semanas, y la pampa era eterna, insondable e infinita. Pasé noches bajo las incontables estrellas, durmiendo sólo con mi poncho y mi montura, y la noche era insondable e infinita. 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Grabame la eternidad de tus palabras en mi epitafio,

Gris y marmóreo,

Impertérrito ante las vicisitudes del tiempo,

Que azote el vendaval mi nombre,

Que caigan las flores mustias sobre mi lecho.

Las hojas verdes de la hiedra húmeda cubren la piedra,

se esconde mi antiguo nombre.

Un visitante taciturno contempla el espectáculo,

naturaleza viva y muerta;

descubre la voraz enredadera,

los feroces eones no borran mi nombre.


 Kuña, veo tu indomable andar entre el monte,

tu tez dorada como el sol abrasador,

el pelo negro, tu gracia, suave candor,

mientras observás sosegada el horizonte,


Kuña, la frescura del arroyo tus pies baña,

te llaman los ecos de la tierra colorada,

pueril respondés con tu canto y con tu mirada,

vertés sobre sus viejas tumbas la dulce caña, 


Kuña porá, tu modesta aldea arrasada,

el cielo se torna ahora rojo por el fuego,

angá, kuña porá, se escucha en él tu ruego,

Truena por los montes tu funesta bramada.


Kuña, te observo desde tiempos lejanos,

en mi roja sangre tu ancestral memoria,

desde los confines de la vil historia,

conmueven mi pecho los siglos tiranos.



jueves, 10 de septiembre de 2026

 Me azota el mareo (¡Qué necesidad irrefrenable de escribir!)

Se me nubla la vista (¡Qué necesidad inexorable de existir!)

Ahora sí, la lámpara desparrama su luz por todo el escritorio: los libros, el vaso de vino y papeles sueltos.

 ¿Y si todos los ruidos se detuvieran, como si todo el mundo exterior no existiera?

Oiría aún la verborrea de mi mente (¡Mi obcecada memoria!)

Observo mis manos, amarillas por la luz. Mis manos tiemblan, tiemblan como la tierra se sacude en los terremotos (¿Mis manos hablan?) 

La vida eléctrica.

Ruidos, rumores, motores, la ciudad.

Oigo una risa, una risa frenética. Los vecinos se ríen a carcajadas. 

La madera cruje ¿Estará viva?

La vida ecléctica.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

Apariciones (Roma)

 Te llamo, te susurro, y el sonido de mi voz recorre todas y cada una de las calles y avenidas de Garbatella. Estás durmiendo en tu departamento de los viejos edificios comunitarios, con sus colores ocres que contrastan con el verde de los jardines. Te despertás como un autómata y caminás descalzo por las desiertas calles de la periferia romana. En trance sereno, tus pasos suaves son apenas perceptibles en el camino. Sin dudarlo te dirigís hacia el norte, hacia el barrio de Testaccio, donde las viejas ánforas de vino se acumularon, se cubrieron de tierra y formaron un monte. Llegando al Cementerio donde están enterrados Keats y Shelley me ves, al fondo del camino, como un espectro te espero. Mientras atravesás lápidas y mármoles, sepulcros donde nocturnos felinos se acurrucan, te sigo con el sosiego de mi mirada. Me ves inmóvil, pétreo, sonriente.
Cada noche te espero y te abrazo como si nunca fuera a soltarte. Cada noche te llamo y mi voz se mezcla con el viento que acaricia las hojas de los árboles. Mi voz como un canto resuena en la vieja Roma.