Desde la ventana empañada el barrio parece una pintura impresionista, los colores grises del cielo se confunden con la vivacidad de la vegetación. La lluvia en pequeñas gotas, ínfimas, es incesante, un vaho, una exhalación de la atmósfera. El nivel del agua sube con paciencia e inunda las calles, manzana por manzana. Primero llega hasta las veredas, luego casi hasta las entradas de las casas, las rejas, los pasillos. Los vecinos, sin dudarlo, sin sorpresa y con resignación, suben a sus improvisados botes y navegan los canales del conurbano con la habilidad de los gondolieri.
Atrás queda el pastizal, los humedales ganaron el terreno perdido. Lo que otrora era un infinito horizonte verde, hoy es una gran laguna navegable. La Pampa es como un mar dijeron una vez, hoy la literalidad encarnó esta realidad.
Abyectos corsarios aguardan en las esquinas más desoladas para desvalijar a los botes mercantes, almacenes flotantes. Los gatos se habituaron a las rutas de los techos y logran con facilidad moverse por las aisladas manzanas. El consumo de peces contaminados reemplazó a la noble carne pampeana, las vacas no saben nadar. Se mezclan las cloacas con el agua mientras la ciudad se sumerge en la oscuridad.
Diluvia, llueve, llovizna, garúa. El agua llegó y el agua nunca se fue. El sol es sólo un recuerdo, una vaga remembranza de otras épocas, de otra Argentina, aquella que tenía el sol en el medio de su bandera.
Buenos Aires cambió su fisonomía: La sofisticada Reina del Plata yace mórbida por las aguas cloacales, sudada, ahogada. Sus gritos subacuáticos son ecos, rumores que se confunden con el ritmo estentóreo de los motores de lanchas y catamaranes que colman las avenidas.
El agua corre como una bendición que limpia las entrañas de la ciudad. El agua corre como un castigo bíblico que azota a la corrupta Cacodelphia. Los lascivos hombres de traje no abandonan sus mañas de lupanar, mientras ávidos escruchantes aprendieron buceo para culminar indemnes sus trabajos. La policía encontró edificios ruines y abandonados para continuar con sus tramoyas. Los grises oficinistas y operarios apuran las brazadas de sus humildes embarcaciones para no perder el presentismo. Algunos emprendedores ya adecuaron las estrategias para el provecho de sus negocios con el nuevo Delta.
Buenos Aires sumergida eternamente como la nueva Atlántida, yace en las profundidades del fangoso Río de la Plata que de tanto olvido se enfureció transformándose en mar.