Bajabas por la montaña casi sin tocar el suelo, como flotando entre los caminos serpenteantes; por la noche mientras las luces del pueblo se encendían y el perfume del aceite de oliva, el ajo y la salsa de tomate te inundaba la nariz y te transportaba a tu niñez. Veías el mar de fondo, al final del camino cuesta abajo, veías el mar como el fin del mundo, de tu mundo de ese día. Porque cada día tiene su propio universo, su propia realidad que se repite en cada recuerdo. Bajabas la montaña sin pensar en otra cosa que en el mar, que separa y une pueblos, porque el mar siempre fue una oportunidad. Tomabas tanta velocidad que volaste con tu bicicleta: primero sobre el pueblo y veías el puerto, los bares en la costanera, y luego los barcos y el mar, para después ver otros puertos y otros pueblos que hablaban lenguas irreconocibles mientras la gente volvía a sus casas. Volabas y la tierra se extendía casi como un misterio infinito, donde hay miles de ventanas y mesas servidas, y familias cenando. Volabas en tu bicicleta y veías el Atlas.
In Anima Veritas
La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector
lunes, 4 de mayo de 2026
lunes, 13 de abril de 2026
Unidad
Adentro de la arrugada masa encefálica, entre sus pliegues viscosos, cabe toda la humanidad, toda la historia del mundo y la existencia misma.
Alberga un sinfín de universos, todas las líneas temporales posibles, mundos imaginados y por imaginar, pasado, presente y futuro, los misterios ancestrales.
Dios está encerrado en cada cuerpo, el origen de la palabra, los sentimientos y la locura.
Una palabra, un signo arbitrario imaginado, pensado, que se materializa en este plano físico.
Lo onírico como parte de lo real, como la más vasta extensión de la percepción.
Dentro de la piel, los músculos, los huesos del cráneo, los sesos: Todo.
Simples elementos físicos, frágiles, de materia putrescible, perecedera y fétida.
Efímeros, ínfimos ante la eternidad como una pequeña mosca que las palmas de la mano pueden reventar desvaneciendo su mísera existencia en un segundo.
Carne que lividece, se corrompe y se une al resto de la material terrenal como si el mundo fuera uno, una unidad compuesta por miles y millones de existencias.
miércoles, 8 de abril de 2026
A la memoria de I. L. Albarracín
La lluvia fina e incesante cubre el viejo camino de baldosas rotas.
En la placa de bronce destrozada se adivina tu nombre olvidado.
Tumba en tu memoria en las entrañas conurbanas, asentadas en la indiferencia.
Ya no existe la finca de la calle Boedo donde exhalaste tu última bocanada de aire.
Sólo queda tu nombre, tus rastros en la historia, tu conciencia animal.
Hay huellas que incluso los eones, la lluvia y el viento no borran.
Cae la lluvia impasible sobre las baldosas rotas, sobre el camino reverdecido por los salvajes yuyos pampeanos que se niegan a morir.
El cielo gris, hoy cien años después, el mismo que mirabas mientras crecías en tu San Juan natal.
El mismo cielo gris de las lomas de los pagos de Zamora que elegiste en la adultez.
El mismo velo plomizo que viste por última vez ese abril, mientras la lluvia caía sobre tu lívido rostro.
Y ahora la mirada se eleva hacia el cielo y las gotas caen, una y otra vez, infinitamente, bañándote al fin en un abrazo eterno.
miércoles, 1 de abril de 2026
Algunos recuerdos traen consigo una sensación de un sosiego pretérito, extinto; como un resabio lejano de un perfume de azahar, o como la tenue luminiscencia que brota del fondo de un túnel extenso como el tiempo. Son apariciones vívidas como un desvarío, un período de lucidez, entre tanta inextricable realidad, tan verídicas como un hecho incontrastable. Se pueden ver sin mirar, simplemente surgen frente a los ojos huecos de cotidianidad.
El paisaje verde de un jardín mientras el sol baña las hojas, el zaguán antiguo y una pesada puerta de madera con remaches negros. Un domingo al mediodía, mientras suena un tango taciturno, mientras los aromas caseros efluyen y se escapan hasta la vereda. Se observa como si fuera un film, como si se pudieran adivinar los movimientos de los habitantes perecidos pero atrapados en el tiempo, en un momento que nunca fenece.
viernes, 6 de marzo de 2026
Cuando las luces del terror incendian la noche de Oriente...
Me pregunto cómo estarás, qué harás con tus gatitos, si te esconderás en ninguna parte, si los escombros te sepultaron, si llegaste a mirar las flores del jardín por última vez, o si las nubes de humo y pólvora te lo negaron.
Me pregunto si en el aire queda olor a carne quemada y pelos chamuscados, si algún libro de las bibliotecas quedó en pie, si las mascotas sobrevivieron, si no quedó en la mesa una tacita de té.
Me pregunto qué estabas haciendo justo en ese momento cuando el día se hizo noche, o cuando la noche se hizo día y la luz te encegueció, envolviéndote en una blanca mortaja.
Me pregunto qué sentirá la piel al escuchar los aullidos de horror, las estridentes voces de socorro y las muecas dolor; los estruendos que traen esos silbidos lejanos.
Me pregunto, si alguna vez te vuelvo a encontrar, si serás la misma que se me acercó una tarde asfixiante de calor bajo los eternos muros de la Ciudadela de Karim Khan.
sábado, 28 de febrero de 2026
Es difícil describir la sensación de caminar por las calles de Estambul, cada recoveco esconde profundas historias que intangibles vencen al tiempo y a los vicios de la memoria. El Mármara y el Bósforo son omnipresentes en su paisaje, el Cuerno de Oro se abre con su majestuosidad. Las gaviotas son los personajes principales del cuadro, merodeando a los eternos pescadores apostados sobre el puente, persiguiendo a los barcos como presas. Escaleras, callejones estrechos, mezquitas, sinagogas e iglesias; todos sus rincones poblados por simpáticos felinos, acostumbrados a la calle, al tránsito de los tranvías, los automóviles y la gente.
Adentrándose en el Mármara las Islas del Príncipe, llamadas Adalar por los locales, término que simplemente significa islas en turco. Büyükada, Heybeliada, Burgazada, Kınalıada, Sedef, Yassıada, Tavşan, Kaşık, y Sivriada; cada una con sus bosques, sus playas, sus puertos, sus pequeños pueblos donde habitan pequeños restaurantes de madera y mínimos cafés animados en las tardes de verano.
El relieve de la ciudad es un antónimo de mi llanura pampeana: aquí, las calles forman meandros que suben y bajan, algunas incluso no son otra cosa que escaleras que conectan los desniveles. Caminar es más cansador pero sumamente más atrapante, hipnótico.
La arquitectura es ecléctica, genoveses, bizantinos, armenios y otomanos brindaron su impronta. El cruce entre Oriente y Occidente, la ciudad de la eterna contradicción, donde hay minifaldas y velos.
El llamado al rezo resuena en todas las calles, se pierde en las bahías mientras el sol se esconden. Algunos viejos se apresuran para llegar a las mezquitas, otros jóvenes ni se inmutan. El humo del cigarrillo pulula por todos lados, mientras parroquianos toman çay y juegan a las cartas en un local perdido.
