Despierto en el sillón, abrazado por el blanco edredón, se siente el frío exterior como un gélido respiro nival. Mis pies tocan la suave felpa de la alfombra, el silencio es absoluto y la oscuridad también. A tientas me acerco a la ventana, levanto la persiana y veo el balcón tapado de nieve como si un manto albo cubriera todo el barrio. Cae la nieve sigilosa, solamente un gatito negro se escabulle hacia el jardín a guarecerse del frío entre los setos. Las casas se pierden en un paisaje blanco y gris, una mezcla de polución, humo y nieve, las montañas apenas se vislumbran. Las sinuosas calles de Radišani no emiten palabra alguna, el aroma a café turco se escurre por la puerta del comedor.
En algún bar cercano parroquianos degustan un pulsudo plato de tavče gravče, mientras los vasos de rakija se vacían y se llenan sin cesar. Los colectivos de dos pisos pasan infrecuentemente por Radishanska, alguna señora entrada en kilos lo espera en la solitaria parada, nadie piensa en pagar el boleto. Los caminos descienden hasta Čair, donde los eslavos, los romaníes y los albaneses se mezclan en una variopinta multitud. Skopje domina el valle del Vardar, extiende sus brazos entre los cerros, se pierde en el Vodno. Es otro día más en el corazón de los balcanes.
Como imágenes furtivas resuenan los ecos de mi memoria. Son sólo recuerdos, viajes a un pasado cada vez más lejano desde esta languidez que tiñe mi ventana de gris, un otoño cualquiera.
April is the cruellest month en el hemisferio sur, la literalidad de la pesadumbre se cierne en el paisaje argentino.
