En la placa de bronce destrozada se adivina tu nombre olvidado.
Tumba en tu memoria en las entrañas conurbanas, asentadas en la indiferencia.
Ya no existe la finca de la calle Boedo donde exhalaste tu última bocanada de aire.
Sólo queda tu nombre, tus rastros en la historia, tu conciencia animal.
Hay huellas que incluso los eones, la lluvia y el viento no borran.
Cae la lluvia impasible sobre las baldosas rotas, sobre el camino reverdecido por los salvajes yuyos pampeanos que se niegan a morir.
El cielo gris, hoy cien años después, el mismo que mirabas mientras crecías en tu San Juan natal.
El mismo cielo gris de las lomas de los pagos de Zamora que elegiste en la adultez.
El mismo velo plomizo que viste por última vez ese abril, mientras la lluvia caía sobre tu lívido rostro.
Y ahora la mirada se eleva hacia el cielo y las gotas caen, una y otra vez, infinitamente, bañándote al fin en un abrazo eterno.