La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

martes, 21 de julio de 2026

 Mirá esos caminos de tierra, repletos de hojarasca, que se pierden en el follaje. Te llevan a destinos inciertos, lugares inhóspitos de belleza agreste. La áurea luz casi no penetra en esas estancias, y el repentino graznido de un cuervo te estremece; su vuelo rompe la precoz noche y te guía hasta el final. Tu voz resuena como un eco, tu rostro se refleja en el espejo.

Oda a las yungas

Si me arrancaran los ojos ¿Seguiría viendo la belleza de tus montañas?

El pasaje quedó impreso en mis pupilas, como una cortina sublime que cubre todo pensamiento;

Las diferentes tonalidades de la vegetación, la abundante flora y el vuelo de un tucán;

Cerros frondosos, quebradas de piedra colorada, se pierden en el horizonte;

Mientras las nubes se retiran como un manto blanco.


Si me arrancaran los oídos ¿Seguiría oyendo el clamor de tu fauna?

Bajo la protección del coquena los berridos, ladridos, cacareos, el cantar de las aves;

El wayra que resuena entre los valles;

Todo suena como una armoniosa orquesta natural viva en el paisaje eterno.

No habrá más lugar para el silencio.


Si me arrancaran la nariz ¿Seguiría percibiendo el perfume de tu tierra?

El aroma fresco de la húmeda arcilla y el rocío matinal;

El hedor del ganado, el amargo carbón y las antiguas cocinas;

Suculentas las frutas afables y sabrosas llenas de tu sangre de miel.


Si me arrancaran la piel ¿Seguiría sintiendo el abrazo de tus cerros?

Tierra negra que se escurre suave entre mis dedos;

Punzantes ramas y maleza hostil en los montes.

Mis pies se refrescan en la caricia de tus arroyos;

Relente que me eriza la piel en tus mañanas mientras me baña la tibieza de tu sol.

jueves, 18 de junio de 2026

                   Escribo sobre lo Innominable

Mis lívidos pies encontraron reposo en la dichondra, mientras la luz de la mañana invernal se filtraba entre las hojas de la parra. Me encontraba frío, desnudo sintiendo en cada fibra de mi piel la gélida brisa. Jugaba con mis manos, haciéndolas danzar al compás del invisible viento, las observaba con detenimiento mientras volaban por el fondo verde.
El hálito se tornó casi nival de repente, sentí su presencia, sus mortecinos y largos dedos rozarme los indefensos brazos. Mi piel se erizó, me estremecía su encuentro. Las hojas secas, muertas, se arremolinaban en el camino de piedra.
Por un instante se dibujó una inscripción de guarismos en el aire, apenas lo pude percibir pero ya no la recuerdo.
Me senté sobre la vegetación, mientras me apoyaba ésta se secaba, volviéndose marrón y quebradiza. Me acosté y miré el cielo, despejado, sin una nube, mientras los rayos de sol se sentían como hilos de oro que bañaban mi jardín resplandeciente.
Entre el sosiego creciente emergió una inesperada calidez y ternura, despertando de un pesado letargo sentí sobre mi pecho un leve peso. Abriendo mis ojos ya abiertos vi un rosado hocico en primer plano, una gata se apoyaba sobre mi, observándome con sus atentos ojos.
La fuerza vital para comenzar otra vez.

miércoles, 10 de junio de 2026

 No ven nunca la luz del sol, sino un cielo metálico gris con la artificial luminosidad de las máquinas. El verde paisaje es sólo un antiguo mito de los primeros hombres, pertenecientes a otra estirpe de la historia. 

Se levantó con el despertador de cada día, abrió sus ojos para mirar nuevamente el hermético compartimento lleno de cables rojos y azules. No había ventanas, no había nada más allá, sólo un murmullo fabril constante.

Un camastro, una cinta en el piso, tubos y cables.

Hora de la alimentación. Engulló la comida del tubo, una pasta inodora y marrón, hasta saciarse.

Hora del entrenamiento. Trotó por la cinta del costado unos cuantos minutos, luego flexiones, luego abdominales. Era requerido estar en buena forma física.

Hora de la reproducción. Estímulo automático para depositar el simiente en los tubos especiales.

Hora del reposo. Se volvió a acostar en el camastro, el sueño vino sin demasiado esfuerzo, casi como un automatismo.

No hay un vestigio de placer, de sentimiento ni de abstracción. El cerebro se desacostumbró a pensar. 

Las instalaciones eran controladas con minuciosidad para evitar que las enfermedades puedan propagarse, y también para evitar que se despierte esa chispa primal que puede engendrar una rebelión.

Lo que lo controla no es humano.

Humano, palabra en desuso, concepto arcaico, seres anacrónicos.


viernes, 5 de junio de 2026

17 de enero de 1949

 Una gota de agua en el mar de la eternidad,

inasequibles imágenes en el negro paisaje,

trascienden lo cognoscible de este frágil lenguaje,

Historias crípticas que se duplican en la inmensidad.


¿Dónde se van las ánimas en ese abismo de humanidad?

Una vez que se desprenden las hojas muertas del follaje,

y caen suaves para hundirse en el entramado de su linaje,

para quedar olvidadas, como tantas, en la nimiedad.


Tu voz sagrada, sin embargo, no es quimera,

Su lírica gracia deviene ahora sempiterna,

Tu humilde pueblo ante ti se prosterna,

como aquel que un ídolo o un Dios considera.

viernes, 15 de mayo de 2026

La vid

 Nunca comas las semillas de la uva, te va a crecer una vid por dentro, las irregulares ramificaciones van a tomar tus extremidades y el tronco te saldrá por la boca que se te abrirá espantosamente. Tus ojos se voltearán y en tu pálido rostro se marcarán todas las venas. Harás un ruido ahogado, un estertor, temblando de pies a cabeza. Tu cuerpo inerme quedará clavado en el suelo y te convertirás en tierra. Tu sangre seca le dará el color a la uva, de la cual se fermentarán los mejores vinos para tomarlos en tu honor.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Tiro

 El viento este disipó las nubes desnudando el color del cielo, celeste como aquellos ojos que anhelabas volver a ver en la isla de Rodas. Las mañanas en Tiro eran ajetreadas, el mercado, el puerto, el comercio incesante y las distintas lenguas que se mezclaban entre el gentío formaban un murmullo constante. Despertaste de a poco en tu humilde lecho, era el día del viaje, las rutas comerciales no podían esperar más y el tiempo era excelente para la navegación. 

Asherah, tu pequeña gata, no quería salir de tu regazo, ella también debía partir con vos, adentrarse en el Mediterráneo. Dicen que si un barco no lleva un gato a bordo le esperan mortíferas tempestades, los felinos son un amuleto y más aún Asherah, tu gatita gris, a quien nombraste en honor a la madre de todos los dioses.

Vestiste tu túnica y tu capa, te dirigiste camino hacia el puerto con Asherah en brazos. Atravesando el mercado miraste los rostros diversos, rasgos lejanos, gestos desconocidos y conocidos, productos variopintos, colores por doquier. La gatita también miraba abriendo los ojos, con pupilas dilatadas y cachetes inflados, la numerosa comida fresca que se vendía.

Llegaste al barco, observaste el mástil y la vela enrollada, dejaste a la gata en la cubierta mientras el sol ardía desde el oriente. Habíase extrañado el constante balanceo que se siente arriba del barco, la danza constante del mar, tu primer amor, el aliado más fiel de tu pueblo. Organizaste todo con detalle mientras iba subiendo la tripulación; no podía faltar comida ni tampoco las ánforas de vino de Biblos, placer al que nunca renunciabas. 

Las velas se desplegaron y la nave partió, el olor a mar te inundó nuevamente, se abría ante vos la inmensidad azur colmada de gaviotas. El viento a favor los llevó velozmente hacia Kition, donde dejaron mercaderías y comerciaron otras con los locales. Fenicia florecía por todo el Mediterráneo, conectando pueblos, lenguas, ciudades.

Tus ojos no abandonaban nunca el Poniente, Rodas te esperaba, sus ojos se dibujaban en el horizonte como un demiurgo gigante que te observaba buscándote. La habías conocido hace veinticinco lunas nuevas, las contaste una por una desde que dejaste la isla. Sus manos te habían devuelto el nefesh, tu aliento vital. Pasaron días y noches recorriendo cada recoveco de la isla, sentados en las rocas mirando hacia oriente; bebieron vino de Lesbos al atardecer. Eran días sin fin, eternos, como si siempre hubiera sido ese momento. Tuviste que partir, Tiro siempre llamaba, el mar siempre llamaba.

Un atardecer, mientras el mar tomaba el color del vino, notaste a Asherah inquieta, corriendo de proa a popa, de babor a estribor. La tomaste en tus brazos y la calmaste con tus mimos, mientras mirabas hacia el sur y notaste un cielo negro, furioso. El viento empezaba a golpearte la cara con pequeñas gotas de agua. El mar se enfureció y Asherah se refugió en el interior, vos tomaste el timón mientras dabas órdenes a la tripulación. Pronto las olas comenzaron a golpear a babor, el agua salada entraba y la podías saborear, como también podías saborear la muerte, cazadora eterna de los marineros. El barco se tambaleaba como una débil hoja seca en una ventisca. La inmensidad del mar, lo sublime del mar, como un desierto de agua infinito que se sacude, que revolea a los barcos como un perro revolea a las moscas en su lomo. Fueron horas eternas de lucha, el poderoso Baal se estaba desquitando.

Un marinero cayó al mar, era un joven de rostro angelado oriundo de Sidón. Su grito te heló la sangre, se acercaron a babor a buscarlo pero las olas lo alejaban, el mar golpeaba. Lo viste mientras apenas lograba flotar entre ominosas olas, entre el terror del mar, entre montañas de agua, mientras se alejaba cada vez más y sus gritos se volvían silencio. 

Asherah volvió a cubierta, la lluvia comenzó a ser cada vez más fina, y la feroz danza de las olas comenzó a amainar, volviendo a un ritmo aletargado y constante. La noche había pasado, el amanecer bañó de un manto dorado al mar, el agua resplandecía nuevamente y el cielo se tornaba celeste.

Rodas te esperaba, tu corazón soportaba una herida más pero seguía latiendo. Siempre buscabas el horizonte, siempre buscabas el Poniente.

Tu tripulación le agradeció a Asherah, dicen que si un barco no lleva a bordo un gato le esperan mortíferas tempestades, que el lecho marino está lleno de barcos, que es un cementerio de antaño y del porvenir.