La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

miércoles, 13 de mayo de 2026

 El viento este disipó las nubes desnudando el color del cielo, celeste como aquellos ojos que anhelabas volver a ver en la isla de Rodas. Las mañanas en Tiro eran ajetreadas, el mercado, el puerto, el comercio incesante y las distintas lenguas que se mezclaban entre el gentío formaban un murmullo constante. Despertaste de a poco en tu humilde lecho, era el día del viaje, las rutas comerciales no podían esperar más y el tiempo era excelente para la navegación. 

Asherah, tu pequeña gata, no quería salir de tu regazo, ella también debía partir con vos, adentrarse en el Mediterráneo. Dicen que si un barco no lleva un gato a bordo le esperan mortíferas tempestades, los felinos son un amuleto y más aún Asherah, tu gatita gris, a quien nombraste en honor a la madre de todos los dioses.

Vestiste tu túnica y tu capa, te dirigiste camino hacia el puerto con Asherah en brazos. Atravesando el mercado miraste los rostros diversos, rasgos lejanos, gestos desconocidos y conocidos, productos variopintos, colores por doquier. La gatita también miraba abriendo los ojos, con pupilas dilatadas y cachetes inflados, la numerosa comida fresca que se vendía.

Llegaste al barco, observaste el mástil y la vela enrollada, dejaste a la gata en la cubierta mientras el sol ardía desde el oriente. Habíase extrañado el constante balanceo que se siente arriba del barco, la danza constante del mar, tu primer amor, el aliado más fiel de tu pueblo. Organizaste todo con detalle mientras iba subiendo la tripulación; no podía faltar comida ni tampoco las ánforas de vino de Biblos, placer al que nunca renunciabas. 

Las velas se desplegaron y la nave partió, el olor a mar te inundó nuevamente, se abría ante vos la inmensidad azur colmada de gaviotas. El viento a favor los llevó velozmente hacia Kition, donde dejaron mercaderías y comerciaron otras con los locales. Fenicia florecía por todo el Mediterráneo, conectando pueblos, lenguas, ciudades.

Tus ojos no abandonaban nunca el Poniente, Rodas te esperaba, sus ojos se dibujaban en el horizonte como un demiurgo gigante que te observaba buscándote. La habías conocido hace veinticinco lunas nuevas, las contaste una por una desde que dejaste la isla. Sus manos te habían devuelto el nefesh, tu aliento vital. Pasaron días y noches recorriendo cada recoveco de la isla, sentados en las rocas mirando hacia oriente; bebieron vino de Lesbos al atardecer. Eran días sin fin, eternos, como si siempre hubiera sido ese momento. Tuviste que partir, Tiro siempre llamaba, el mar siempre llamaba.

Un atardecer, mientras el mar tomaba el color del vino, notaste a Asherah inquieta, corriendo de proa a popa, de babor a estribor. La tomaste en tus brazos y la calmaste con tus mimos, mientras mirabas hacia el sur y notaste un cielo negro, furioso. El viento empezaba a golpearte la cara con pequeñas gotas de agua. El mar se enfureció y Asherah se refugió en el interior, vos tomaste el timón mientras dabas órdenes a la tripulación. Pronto las olas comenzaron a golpear a babor, el agua salada entraba y la podías saborear, como también podías saborear la muerte, cazadora eterna de los marineros. El barco se tambaleaba como una débil hoja seca en una ventisca. La inmensidad del mar, lo sublime del mar, como un desierto de agua infinito que se sacude, que revolea a los barcos como un perro revolea a las moscas en su lomo. Fueron horas eternas de lucha, el poderoso Baal se estaba desquitando.

Un marinero cayó al mar, era un joven de rostro angelado oriundo de Sidón. Su grito te heló la sangre, se acercaron a babor a buscarlo pero las olas lo alejaban, el mar golpeaba. Lo viste mientras apenas lograba flotar entre ominosas olas, entre el terror del mar, entre montañas de agua, mientras se alejaba cada vez más y sus gritos se volvían silencio. 

Asherah volvió a cubierta, la lluvia comenzó a ser cada vez más fina, y la feroz danza de las olas comenzó a amainar, volviendo a un ritmo aletargado y constante. La noche había pasado, el amanecer bañó de un manto dorado al mar, el agua resplandecía nuevamente y el cielo se tornaba celeste.

Rodas te esperaba, tu corazón soportaba una herida más pero seguía latiendo. Siempre buscabas el horizonte, siempre buscabas el Poniente.

Tu tripulación le agradeció a Asherah, dicen que si un barco no lleva a bordo un gato le esperan mortíferas tempestades, que el lecho marino está lleno de barcos, que es un cementerio de antaño y del porvenir.


lunes, 11 de mayo de 2026

Radišani

 Despierto en el sillón, abrazado por el blanco edredón, se siente el frío exterior como un gélido respiro nival. Mis pies tocan la suave felpa de la alfombra, el silencio es absoluto y la oscuridad también. A tientas me acerco a la ventana, levanto la persiana y veo el balcón tapado de nieve como si un manto albo cubriera todo el barrio. Cae la nieve sigilosa, solamente un gatito negro se escabulle hacia el jardín a guarecerse del frío entre los setos. Las casas se pierden en un paisaje blanco y gris, una mezcla de polución, humo y nieve, las montañas apenas se vislumbran. Las sinuosas calles de Radišani no emiten palabra alguna, el aroma a café turco se escurre por la puerta del comedor.

En algún bar cercano parroquianos degustan un pulsudo plato de tavče gravče, mientras los vasos de rakija se vacían y se llenan sin cesar. Los colectivos de dos pisos pasan infrecuentemente por Radishanska, alguna señora entrada en kilos lo espera en la solitaria parada, nadie piensa en pagar el boleto. Los caminos descienden hasta Čair, donde los eslavos, los romaníes y los albaneses se mezclan en una variopinta multitud. Skopje domina el valle del Vardar, extiende sus brazos entre los cerros, se pierde en el Vodno. Es otro día más en el corazón de los balcanes.

Como imágenes furtivas resuenan los ecos de mi memoria. Son sólo recuerdos, viajes a un pasado cada vez más lejano desde esta languidez que tiñe mi ventana de gris, un otoño cualquiera.

April is the cruellest month en el hemisferio sur, la literalidad de la pesadumbre se cierne en el paisaje argentino.

lunes, 4 de mayo de 2026

Bajabas por la montaña casi sin tocar el suelo, flotando entre caminos serpenteantes. Descendías entre sombras mientras las luces del pueblo se iban encendiendo y el aroma de aceite de oliva, ajo y salsa de tomate te envolvía, trayéndote de golpe la niñez. Veías el mar de fondo, al final del camino, cuesta abajo, veías el mar como el fin del mundo, de tu mundo de ese día. Porque cada día tiene su propio universo, su propia realidad que se repite en cada recuerdo. Bajabas la montaña sin pensar en otra cosa que en el mar, que separa y une pueblos, porque el mar siempre fue una oportunidad. Tomaste tanta velocidad que volaste con tu bicicleta: primero sobre el pueblo y veías el puerto, los bares en la costanera, y luego los barcos y el mar, para después ver otros puertos y otros pueblos que hablaban lenguas irreconocibles mientras la gente, con rostros cansados, volvía a sus casas. Volabas y la tierra se extendía casi como un misterio infinito, donde hay miles de ventanas y mesas servidas, y familias cenando. Volabas en tu bicicleta y veías el Atlas.

lunes, 13 de abril de 2026

Unidad

 Adentro de la arrugada masa encefálica, entre sus pliegues viscosos, cabe toda la humanidad, toda la historia del mundo y la existencia misma. 

Alberga un sinfín de universos, todas las líneas temporales posibles, mundos imaginados y por imaginar, pasado, presente y futuro, los misterios ancestrales. 

Dios está encerrado en cada cuerpo, el origen de la palabra, los sentimientos y la locura. 

Una palabra, un signo arbitrario imaginado, pensado, que se materializa en este plano físico.

Lo onírico como parte de lo real, como la más vasta extensión de la percepción. 

Dentro de la piel, los músculos, los huesos del cráneo, los sesos: Todo.

Simples elementos físicos, frágiles, de materia putrescible, perecedera y fétida.

Efímeros, ínfimos ante la eternidad como una pequeña mosca que las palmas de la mano pueden reventar desvaneciendo su mísera existencia en un segundo. 

Carne que lividece, se corrompe y se une al resto de la material terrenal como si el mundo fuera uno, una unidad compuesta por miles y millones de existencias.

miércoles, 8 de abril de 2026

A la memoria de I. L. Albarracín


La lluvia fina e incesante cubre el viejo camino de baldosas rotas.
Entre las grietas crece la salvaje vegetación, la niebla matinal desborda el paisaje como un aliento antiguo.
Allí se alza, humilde y solemne, tu sepulcro, coronado con una alta cruz mientras las ventanas rotas desnudan la cripta.
En la placa de bronce destrozada se adivina tu nombre olvidado.
La memoria perdura ya más de un siglo, quedan sólo ecos de tu historia;
Añejas como el ombú quedan tus andanzas de filántropo;
Tus encendidos discursos en el Congreso, la lucha por la naturaleza y lo animal, lo esencial de la vida.
Cae la lluvia imperturbable sobre este sepulcro alejado de la metrópolis;
Tumba en tu memoria en las entrañas conurbanas, asentadas en la indiferencia.
Cae la lluvia imperturbable en la eternidad de tu nombre que sólo algunos recordarán.
Ya no existe la finca de la calle Boedo donde exhalaste tu última bocanada de aire.
Sólo queda tu nombre, tus rastros en la historia, tu conciencia animal.
Hay huellas que incluso los eones, la lluvia y el viento no borran.
Cae la lluvia impasible sobre las baldosas rotas, sobre el camino reverdecido por los salvajes yuyos pampeanos que se niegan a morir.
El cielo gris, hoy cien años después, el mismo que mirabas mientras crecías en tu San Juan natal.
El mismo cielo gris de las lomas de los pagos de Zamora que elegiste en la adultez.
El mismo velo plomizo que viste por última vez ese abril, mientras la lluvia caía sobre tu lívido rostro.
Y ahora la mirada se eleva hacia el cielo y las gotas caen, una y otra vez, infinitamente, bañándote al fin en un abrazo sempiterno.

miércoles, 1 de abril de 2026

 Algunos recuerdos traen consigo una sensación de un sosiego pretérito, extinto; como un resabio lejano de un perfume de azahar, o como la tenue luminiscencia que brota del fondo de un túnel extenso como el tiempo. Son apariciones vívidas como un desvarío, un período de lucidez, entre tanta inextricable realidad, tan verídicas como un hecho incontrastable. Se pueden ver sin mirar, simplemente surgen frente a los ojos huecos de cotidianidad.

El paisaje verde de un jardín mientras el sol baña las hojas, el zaguán antiguo y una pesada puerta de madera con remaches negros. Un domingo al mediodía, mientras suena un tango taciturno, mientras los aromas caseros efluyen y se escapan hasta la vereda. Se observa como si fuera un film, como si se pudieran adivinar los movimientos de los habitantes perecidos pero atrapados en el tiempo, en un momento que nunca fenece.

viernes, 6 de marzo de 2026

Cuando las luces del terror incendian la noche de Oriente...

Me pregunto cómo estarás, qué harás con tus gatitos, si te esconderás en ninguna parte, si los escombros te sepultaron, si llegaste a mirar las flores del jardín por última vez, o si las nubes de humo y pólvora te lo negaron.

Me pregunto si en el aire queda olor a carne quemada y pelos chamuscados, si algún libro de las bibliotecas quedó en pie, si las mascotas sobrevivieron, si no quedó en la mesa una tacita de té.

Me pregunto qué estabas haciendo justo en ese momento cuando el día se hizo noche, o cuando la noche se hizo día y la luz te encegueció, envolviéndote en una blanca mortaja.

Me pregunto qué sentirá la piel al escuchar los aullidos de horror, las estridentes voces de socorro y las muecas dolor; los estruendos que traen esos silbidos lejanos.

Me pregunto, si alguna vez te vuelvo a encontrar, si serás la misma que se me acercó una tarde asfixiante de calor bajo los eternos muros de la Ciudadela de Karim Khan.