Algunos recuerdos traen consigo una sensación de un sosiego pretérito, extinto; como un resabio lejano de un perfume de azahar, o como la tenue luminiscencia que brota del fondo de un túnel extenso como el tiempo. Son apariciones vívidas como un desvarío, un período de lucidez, entre tanta inextricable realidad, tan verídicas como un hecho incontrastable. Se pueden ver sin mirar, simplemente surgen frente a los ojos huecos de cotidianidad.
El paisaje verde de un jardín mientras el sol baña las hojas, el zaguán antiguo y una pesada puerta de madera con remaches negros. Un domingo al mediodía, mientras suena un tango taciturno, mientras los aromas caseros efluyen y se escapan hasta la vereda. Se observa como si fuera un film, como si se pudieran adivinar los movimientos de los habitantes perecidos pero atrapados en el tiempo, en un momento que nunca fenece.
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