La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

lunes, 13 de abril de 2026

Unidad

 Adentro de la arrugada masa encefálica, entre sus pliegues viscosos, cabe toda la humanidad, toda la historia del mundo y la existencia misma. 

Alberga un sinfín de universos, todas las líneas temporales posibles, mundos imaginados y por imaginar, pasado, presente y futuro, los misterios ancestrales. 

Dios está encerrado en cada cuerpo, el origen de la palabra, los sentimientos y la locura. 

Una palabra, un signo arbitrario imaginado, pensado, que se materializa en este plano físico.

Lo onírico como parte de lo real, como la más vasta extensión de la percepción. 

Dentro de la piel, los músculos, los huesos del cráneo, los sesos: Todo.

Simples elementos físicos, frágiles, de materia putrescible, perecedera y fétida.

Efímeros, ínfimos ante la eternidad como una pequeña mosca que las palmas de la mano pueden reventar desvaneciendo su mísera existencia en un segundo. 

Carne que lividece, se corrompe y se une al resto de la material terrenal como si el mundo fuera uno, una unidad compuesta por miles y millones de existencias.

miércoles, 8 de abril de 2026

A la memoria de I. L. Albarracín


La lluvia fina e incesante cubre el viejo camino de baldosas rotas.
Entre las grietas crece la salvaje vegetación, la niebla matinal desborda el paisaje como un aliento antiguo.
Allí se alza, humilde y solemne, tu sepulcro, coronado con una alta cruz mientras las ventanas rotas desnudan la cripta.
En la placa de bronce destrozada se adivina tu nombre olvidado.
La memoria perdura ya más de un siglo, quedan sólo ecos de tu historia;
Añejas como el ombú quedan tus andanzas de filántropo;
Tus encendidos discursos en el Congreso, la lucha por la naturaleza y lo animal, lo esencial de la vida.
Cae la lluvia imperturbable sobre este sepulcro alejado de la metrópolis;
Tumba en tu memoria en las entrañas conurbanas, asentadas en la indiferencia.
Cae la lluvia imperturbable en la eternidad de tu nombre que sólo algunos recordarán.
Ya no existe la finca de la calle Boedo donde exhalaste tu última bocanada de aire.
Sólo queda tu nombre, tus rastros en la historia, tu conciencia animal.
Hay huellas que incluso los eones, la lluvia y el viento no borran.
Cae la lluvia impasible sobre las baldosas rotas, sobre el camino reverdecido por los salvajes yuyos pampeanos que se niegan a morir.
El cielo gris, hoy cien años después, el mismo que mirabas mientras crecías en tu San Juan natal.
El mismo cielo gris de las lomas de los pagos de Zamora que elegiste en la adultez.
El mismo velo plomizo que viste por última vez ese abril, mientras la lluvia caía sobre tu lívido rostro.
Y ahora la mirada se eleva hacia el cielo y las gotas caen, una y otra vez, infinitamente, bañándote al fin en un abrazo sempiterno.

miércoles, 1 de abril de 2026

 Algunos recuerdos traen consigo una sensación de un sosiego pretérito, extinto; como un resabio lejano de un perfume de azahar, o como la tenue luminiscencia que brota del fondo de un túnel extenso como el tiempo. Son apariciones vívidas como un desvarío, un período de lucidez, entre tanta inextricable realidad, tan verídicas como un hecho incontrastable. Se pueden ver sin mirar, simplemente surgen frente a los ojos huecos de cotidianidad.

El paisaje verde de un jardín mientras el sol baña las hojas, el zaguán antiguo y una pesada puerta de madera con remaches negros. Un domingo al mediodía, mientras suena un tango taciturno, mientras los aromas caseros efluyen y se escapan hasta la vereda. Se observa como si fuera un film, como si se pudieran adivinar los movimientos de los habitantes perecidos pero atrapados en el tiempo, en un momento que nunca fenece.