Es difícil describir la sensación de caminar por las calles de Estambul, cada recoveco esconde profundas historias que intangibles vencen al tiempo y a los vicios de la memoria. El Mármara y el Bósforo son omnipresentes en su paisaje, el Cuerno de Oro se abre con su majestuosidad. Las gaviotas son los personajes principales del cuadro, merodeando a los eternos pescadores apostados sobre el puente, persiguiendo a los barcos como presas. Escaleras, callejones estrechos, mezquitas, sinagogas e iglesias; todos sus rincones poblados por simpáticos felinos, acostumbrados a la calle, al tránsito de los tranvías, los automóviles y la gente.
Adentrándose en el Mármara las Islas del Príncipe, llamadas Adalar por los locales, término que simplemente significa islas en turco. Büyükada, Heybeliada, Burgazada, Kınalıada, Sedef, Yassıada, Tavşan, Kaşık, y Sivriada; cada una con sus bosques, sus playas, sus puertos, sus pequeños pueblos donde habitan pequeños restaurantes de madera y mínimos cafés animados en las tardes de verano.
El relieve de la ciudad es un antónimo de mi llanura pampeana: aquí, las calles forman meandros que suben y bajan, algunas incluso no son otra cosa que escaleras que conectan los desniveles. Caminar es más cansador pero sumamente más atrapante, hipnótico.
La arquitectura es ecléctica, genoveses, bizantinos, armenios y otomanos brindaron su impronta. El cruce entre Oriente y Occidente, la ciudad de la eterna contradicción, donde hay minifaldas y velos.
El llamado al rezo resuena en todas las calles, se pierde en las bahías mientras el sol se esconden. Algunos viejos se apresuran para llegar a las mezquitas, otros jóvenes ni se inmutan. El humo del cigarrillo pulula por todos lados, mientras parroquianos toman çay y juegan a las cartas en un local perdido.
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