La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

lunes, 4 de mayo de 2026

 Bajabas por la montaña casi sin tocar el suelo, como flotando entre los caminos serpenteantes; por la noche mientras las luces del pueblo se encendían y el perfume del aceite de oliva, el ajo y la salsa de tomate te inundaba la nariz y te transportaba a tu niñez. Veías el mar de fondo, al final del camino cuesta abajo, veías el mar como el fin del mundo, de tu mundo de ese día. Porque cada día tiene su propio universo, su propia realidad que se repite en cada recuerdo. Bajabas la montaña sin pensar en otra cosa que en el mar, que separa y une pueblos, porque el mar siempre fue una oportunidad. Tomabas tanta velocidad que volaste con tu bicicleta: primero sobre el pueblo y veías el puerto, los bares en la costanera, y luego los barcos y el mar, para después ver otros puertos y otros pueblos que hablaban lenguas irreconocibles mientras la gente volvía a sus casas. Volabas y la tierra se extendía casi como un misterio infinito, donde hay miles de ventanas y mesas servidas, y familias cenando. Volabas en tu bicicleta y veías el Atlas.