Bajabas por la montaña casi sin tocar el suelo, flotando entre caminos serpenteantes. Descendías entre sombras mientras las luces del pueblo se iban encendiendo y el aroma de aceite de oliva, ajo y salsa de tomate te envolvía, trayéndote de golpe la niñez. Veías el mar de fondo, al final del camino, cuesta abajo, veías el mar como el fin del mundo, de tu mundo de ese día. Porque cada día tiene su propio universo, su propia realidad que se repite en cada recuerdo. Bajabas la montaña sin pensar en otra cosa que en el mar, que separa y une pueblos, porque el mar siempre fue una oportunidad. Tomaste tanta velocidad que volaste con tu bicicleta: primero sobre el pueblo y veías el puerto, los bares en la costanera, y luego los barcos y el mar, para después ver otros puertos y otros pueblos que hablaban lenguas irreconocibles mientras la gente, con rostros cansados, volvía a sus casas. Volabas y la tierra se extendía casi como un misterio infinito, donde hay miles de ventanas y mesas servidas, y familias cenando. Volabas en tu bicicleta y veías el Atlas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario