La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

miércoles, 8 de abril de 2026

A la memoria de I. L. Albarracín


La lluvia fina e incesante cubre el viejo camino de baldosas rotas.
Entre las grietas crece la salvaje vegetación, la niebla matinal desborda el paisaje como un aliento antiguo.
Allí se alza, humilde y solemne, tu sepulcro, coronado con una alta cruz mientras las ventanas rotas desnudan la cripta.
En la placa de bronce destrozada se adivina tu nombre olvidado.
La memoria perdura ya más de un siglo, quedan sólo ecos de tu historia;
Añejas como el ombú quedan tus andanzas de filántropo;
Tus encendidos discursos en el Congreso, la lucha por la naturaleza y lo animal, lo esencial de la vida.
Cae la lluvia imperturbable sobre este sepulcro alejado de la metrópolis;
Tumba en tu memoria en las entrañas conurbanas, asentadas en la indiferencia.
Cae la lluvia imperturbable en la eternidad de tu nombre que sólo algunos recordarán.
Ya no existe la finca de la calle Boedo donde exhalaste tu última bocanada de aire.
Sólo queda tu nombre, tus rastros en la historia, tu conciencia animal.
Hay huellas que incluso los eones, la lluvia y el viento no borran.
Cae la lluvia impasible sobre las baldosas rotas, sobre el camino reverdecido por los salvajes yuyos pampeanos que se niegan a morir.
El cielo gris, hoy cien años después, el mismo que mirabas mientras crecías en tu San Juan natal.
El mismo cielo gris de las lomas de los pagos de Zamora que elegiste en la adultez.
El mismo velo plomizo que viste por última vez ese abril, mientras la lluvia caía sobre tu lívido rostro.
Y ahora la mirada se eleva hacia el cielo y las gotas caen, una y otra vez, infinitamente, bañándote al fin en un abrazo sempiterno.

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