El viento este disipó las nubes desnudando el color del cielo, celeste como aquellos ojos que anhelabas volver a ver en la isla de Rodas. Las mañanas en Tiro eran ajetreadas, el mercado, el puerto, el comercio incesante y las distintas lenguas que se mezclaban entre el gentío formaban un murmullo constante. Despertaste de a poco en tu humilde lecho, era el día del viaje, las rutas comerciales no podían esperar más y el tiempo era excelente para la navegación.
Asherah, tu pequeña gata, no quería salir de tu regazo, ella también debía partir con vos, adentrarse en el Mediterráneo. Dicen que si un barco no lleva un gato a bordo le esperan mortíferas tempestades, los felinos son un amuleto y más aún Asherah, tu gatita gris, a quien nombraste en honor a la madre de todos los dioses.
Vestiste tu túnica y tu capa, te dirigiste camino hacia el puerto con Asherah en brazos. Atravesando el mercado miraste los rostros diversos, rasgos lejanos, gestos desconocidos y conocidos, productos variopintos, colores por doquier. La gatita también miraba abriendo los ojos, con pupilas dilatadas y cachetes inflados, la numerosa comida fresca que se vendía.
Llegaste al barco, observaste el mástil y la vela enrollada, dejaste a la gata en la cubierta mientras el sol ardía desde el oriente. Habíase extrañado el constante balanceo que se siente arriba del barco, la danza constante del mar, tu primer amor, el aliado más fiel de tu pueblo. Organizaste todo con detalle mientras iba subiendo la tripulación; no podía faltar comida ni tampoco las ánforas de vino de Biblos, placer al que nunca renunciabas.
Las velas se desplegaron y la nave partió, el olor a mar te inundó nuevamente, se abría ante vos la inmensidad azur colmada de gaviotas. El viento a favor los llevó velozmente hacia Kition, donde dejaron mercaderías y comerciaron otras con los locales. Fenicia florecía por todo el Mediterráneo, conectando pueblos, lenguas, ciudades.
Tus ojos no abandonaban nunca el Poniente, Rodas te esperaba, sus ojos se dibujaban en el horizonte como un demiurgo gigante que te observaba buscándote. La habías conocido hace veinticinco lunas nuevas, las contaste una por una desde que dejaste la isla. Sus manos te habían devuelto el nefesh, tu aliento vital. Pasaron días y noches recorriendo cada recoveco de la isla, sentados en las rocas mirando hacia oriente; bebieron vino de Lesbos al atardecer. Eran días sin fin, eternos, como si siempre hubiera sido ese momento. Tuviste que partir, Tiro siempre llamaba, el mar siempre llamaba.
Un atardecer, mientras el mar tomaba el color del vino, notaste a Asherah inquieta, corriendo de proa a popa, de babor a estribor. La tomaste en tus brazos y la calmaste con tus mimos, mientras mirabas hacia el sur y notaste un cielo negro, furioso. El viento empezaba a golpearte la cara con pequeñas gotas de agua. El mar se enfureció y Asherah se refugió en el interior, vos tomaste el timón mientras dabas órdenes a la tripulación. Pronto las olas comenzaron a golpear a babor, el agua salada entraba y la podías saborear, como también podías saborear la muerte, cazadora eterna de los marineros. El barco se tambaleaba como una débil hoja seca en una ventisca. La inmensidad del mar, lo sublime del mar, como un desierto de agua infinito que se sacude, que revolea a los barcos como un perro revolea a las moscas en su lomo. Fueron horas eternas de lucha, el poderoso Baal se estaba desquitando.
Un marinero cayó al mar, era un joven de rostro angelado oriundo de Sidón. Su grito te heló la sangre, se acercaron a babor a buscarlo pero las olas lo alejaban, el mar golpeaba. Lo viste mientras apenas lograba flotar entre ominosas olas, entre el terror del mar, entre montañas de agua, mientras se alejaba cada vez más y sus gritos se volvían silencio.
Asherah volvió a cubierta, la lluvia comenzó a ser cada vez más fina, y la feroz danza de las olas comenzó a amainar, volviendo a un ritmo aletargado y constante. La noche había pasado, el amanecer bañó de un manto dorado al mar, el agua resplandecía nuevamente y el cielo se tornaba celeste.
Rodas te esperaba, tu corazón soportaba una herida más pero seguía latiendo. Siempre buscabas el horizonte, siempre buscabas el Poniente.
Tu tripulación le agradeció a Asherah, dicen que si un barco no lleva a bordo un gato le esperan mortíferas tempestades, que el lecho marino está lleno de barcos, que es un cementerio de antaño y del porvenir.
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