La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

domingo, 4 de febrero de 2018

Vestigios de una noche de verano



Son vestigios de una noche de verano, caminando por el empedrado de San Telmo, birra en mano. Intersticios de la cotidianeidad, luminiscencia entre la opacidad del sistema, ataraxia epicúrea de la mano con fieles ánimas. Y así vehementes alcoholes llenan nuestro paladar, nos liberan una vez más. Y así, los humos blanquecinos que penetran los pulmones y se deshacen en carcajadas que resuenan en los viejos edificios a la madrugada. Interludio nocturno necesario, semanal tregua de la miseria de ver la inequidad en los ojos ajados de los infantes que recorren el barrio de Retiro perdidos en tósigos amarillentos. Toda lucha necesita su pausa, toda lucha necesita un amanecer.

viernes, 5 de enero de 2018

La habitación de la angustia



Un andar absurdo y errante por la habitación iluminada bajo la luna llena. Una vuelta y otra, mira hacia el piso, y finalmente se sienta contemplando el cuadro que arroja la ventana que da hacia el corazón de la manzana del barrio, suburbio turbulento. Respira el aroma espeso de viejas obras que reposan en las enormes bibliotecas que abundan en el hermético habitáculo. Agarra el termo, ceba un mate y lo toma, reflexivo. Las paredes lo observan, empiezan a temblar, a resquebrajarse y una polvareda de concreto haciéndose trizas dificulta el paisaje y la respiración. Primero, se desmoronan los volúmenes completos de Maupassant, El Horla le martilla la cabeza desde el sexto estante, adormilándolo del dolor, y prosigue la debacle, quedando luego el héroe sepultado entre libros y escombros. Ahora el frío penetra en los resquicios del cúmulo de escombros, hojas sueltas y cartones. El ser recobra consciencia y fuerzas abriéndose paso entre el derrumbe, mira a los astros, a su inmensidad, los eones del tiempo. Su angustia desaparece cuando encarna su finitud.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Lucha

              Veo tu jeta sangrante a la vuelta de la esquina. Tenés un grupo de gringos sonrientes a unos metros, y a una caterva de trajeados con semblante grave. Cargás, probablemente, un niño adormilado en tu regazo, o quizás despilfarrado estás durmiendo en la calle, o talvez, estás enajenado por el popurrí de la alquimia más trucha que acabás de consumir y conseguiste en la Zavaleta. Sos vos, sos uno o sos el otro. Sos el rostro de la desidia, te veo y me emerge un dolor y una compunción inefable de las entrañas. Te veo y los veo, a vos y a la calle Corrientes, elegante y fatal Buenos Aires. Te veo a vos, hermano, ahí tirado, desfigurado, sufriendo, y veo las ventanas de los bancos y la guita que entra y sale. Te veo a vos desde la Illia, en la Villa 31, y veo la rebozante sonrisa  de un turista adinerado en la suite del Four Seasons, que seguro te ve a vos (porque la ventana da hacia el Río) y no te mira. Te veo, desigualdad, inequidad, injusticia, penuria, marginalidad... Y entonces al mundo vocifero una pregunta: "¿Cómo quieren que no luche?"
            Así, me tiemblan las manos cuando me visto con tu rostro, cuando me calzo tus ropas, y así hay un mundo que me lacera desde adentro, cuando mi dolor es tu dolor, y tu dolor es mi dolor, y me retobo con un tordillo oscuro al que le arrebataron la pampa húmeda y lo ataron en un palenque urbano de mala muerte.
            El viento del sur acaricia mi cuerpo y me empuja hacia la disrupción, hoy, en este día, en este mundo, en esta vida...

martes, 19 de diciembre de 2017

Transmutación



Encuentro en mi vida muchas otras vidas, como si lo que viví hace años atrás no lo hubiera vivido yo. Me veo ajeno en los recuerdos, casi como un extraño, no me reconozco, como si alguien me hubiera habitado y luego se hubiera ido a vagar en otros cuerpos. Las múltiples personas en las cuales me convertí, los miles de rostros con los cuales me disfracé, las innumerables voces que interpreté son hoy nada más que pasado. Quizás hoy, aquellos doppelgänger estén paseando por las calles de Sanary-Sur-Mer, disfrutando de un plácido verano de arenas blancas y apacibles edificaciones del Mediterráneo mientras mi fantasmagórica existencia confluye una y otra vez por la bipolar Buenos Aires, eludiendo las esquirlas de la desigualdad. Tal vez hoy, necesite un respiro, un mar, una montaña, una ciudad foránea, una lengua extranjera, unos semblantes diferentes, una tregua a tanta transformación.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Proclama



¡Ay, si yo escribiera todo lo que pensara! Quizás sería un gran poeta, en lugar de esta falsa representación de persona humana que anda pisando los charcos en el ocaso de un día lluvioso por el barrio. Quizás, en vez de esta finitud, yo sería infinito como el horizonte de las pampas. Bien yo sé que guardo en el armario de mi alma cierto arte de sentir lo que sienten, que puja y quiere materializarse en la escritura, hacerse tinta y encastrar el papel. Así que hoy, este burócrata apagado, cansado de envolverse en los humos etílicos, que toma mate mirando la lluvia, ¡Hoy, yo proclamo la libertad de mi esencia! Porque más bien prefiero quemarme la lengua, o que un acéfalo me revuelva la yerba del mate recién preparado que seguir enclaustrando lo que me habita y me da vida. Sin pasión, porque el arte es pasión, y sin empatía sería un vil autómata, una vieja bancaria, un ñoqui de municipalidad que fuma pucho tras pucho mirando con cara de caballo al público. Hoy, en el escenario de esta vida me desnudo y soy yo, sin tapujos ni máscaras.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Me ahogué en ese vaso de cerveza fría de un bar de los suburbios, una noche de verano. Quedé absorto entre pedazos de memoria de un futuro en otra vida, en la cual también me preguntaba quién soy. Sucumbí a la realidad de saberme inabordable, infinito e inefable porque sé que soy todo y a la vez nada. Así que comencé a deambular por el empedrado, bajo las sombras de los jacarandá, una noche de verano, con la misión de buscarme y encontrarme a mí mismo retozando por la felicidad de existir a la vuelta de la esquina.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Ni de acá ni de allá

El asfalto iluminado se esfuma y el camino se pierde en ese mambo que tenés. Se pierde como tu vida, como el sentido de las cosas, como la existencia que no existe, como la realidad se deconstruye para tu subjetividad, para no volverse mierda, como el asfalto del conurbano que se hace tierra.

Esa luz opaca que ilumina el barrio, los guachos que pasan en moto y te miran mal, la birra que te comprás en el quiosco que queda a la vuelta de tu vida, de tu refugio, de tu sostén. Esto fundamenta tu vida cuando advertís que el pibe que nació y creció a quince cuadras al sur tuvo la oportunidad de leer a Proust a los trece mientras que el otro, que nació quince cuadras al oeste empuñaba un arma al mes de cumplir catorce. Esa realidad de vivir en los límites del margen, de no ser o de ser un boludo que creció en el cordón de la burguesía cayéndose en la calle de la villereada, codéandose en cualquier lado, ni de aquí ni de allá, puta clase desclasada, culpa de no sé qué clase, culpa mía, culpa de ser y de estar…