La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

lunes, 23 de agosto de 2021

 

Hace tiempo que no estoy. Una fuerza extraña se apoderó de mí. Veo a través de los ojos de mi cuerpo como si estuviera encerrado en un traje, en una máscara. Los movimientos de las extremidades de este cuerpo son mecánicos, fuerza cinética exógena. Degluto la comida como un autómata, no sabe a nada. La luz del sol ya no me conmueve. Sólo los felinos me humedecen los ojos, que no son mis ojos, hacen brillar las pupilas de cristal, artificiales, como toda esta existencia. Encerrado en mi piel como si fuera una cáscara ¿Vacía? Los órganos mustios, las funciones fisiológicas sin sentido. De vez en cuando las páginas de algún libro, sus letras impresas en tinta negra, caracteres empíreos me devuelven a mi ser, a habitar mi espacio. Ahora que escribo, ahora que mi respiración se hace prosa, que mis sentidos se dilatan en el espacio, con la agitación frenética de la creación, del ser, de existir, ahora me encuentro. Mi historia, la historia de la humanidad, la historia como una correlación absurda de sucesos, encadenados, uno tras otro, sangre sobre sangre, tierra sobre tierra. Hoy.

jueves, 3 de junio de 2021

 

Aunque parezca extraño me apacigua caminar por Florida, entre el caos de la multitud que apura el paso, entre los arbolitos, los cadetes y los oficinistas. Una sonrisa se asoma en mi rostro, miro la escena de la excelsa Buenos Aires en su plenitud, la miro como si me mirase a mí mismo, como si la Ciudad se hiciera carne en mí, y yo me hiciera Ciudad; Una urbe humana, una humana urbe, con todas sus contradicciones, con su heterogeneidad, con su fealdad y su belleza, con su caos y su paz. Y yo voy, camino por ahí, como una idea hecha piel, abstraído. Lo imponente del caos, la belleza de lo caótico, de esta ciudad que no duerme en este catre fértil pampeano al borde de este río de mierda que casi nunca podemos ver. Yo me transformo en ciudad, en Buenos Aires, y las aguas putrefactas me recorren hasta llegar a mi boca, vomito mierda hacia el río, vomito mi mierda infinita entre los amores y los odios, entre el oxímoron enquistado en estos pagos.

viernes, 21 de mayo de 2021

 

La tempestad golpeaba los tejados  de las antiguas moradas, sobre las aceras de adoquines fluía el agua como un arroyo en primavera. El pueblo se encontraba en silencio, sólo el viento y la tormenta, el rugido de la naturaleza como la ira del cielo negro. Entre penumbras el posadero salió de la hostería, la única que ofrecía el pequeño pueblo aragonés. El agua lo empapaba, sentía un frío penetrante con los azotes del vendaval. Siguió caminando por el camino que subía la pendiente en dirección hacia los Pirineos, a lo lejos las últimas casas del poblado se dibujaban como siluetas cada vez que relampagueaba. Su corazón latía intensamente, sentía correr la sangre en cada extremo de su cuerpo. No controlaba sus movimientos, su andar era mecánico, un automatismo instintivo lo guiaba. Súbitamente lo vio, el niño andrajoso caminaba canturreando a unos sesenta metros, ascendiendo por el camino. Instintivamente lo siguió, entre tempestades de las montañas, entre senderos pedregosos. En la ladera escarpada detuvieron su paso, en niño se volteó, estaba a unos quince metros. Su rostro era traslúcido y sin expresión, los cuencos de sus ojos huecos, el pelo ralo y manchado con barro. Exhaló vapores fétidos de su boca que marearon aún más al hombre, y así, se dirigió hacia el risco conteniendo la respiración. Contempló la inmensidad, la montaña, los valles y el río. Extendiendo los brazos se lanzó hacia las rocas que desgarraron su cuerpo una y otra vez.

Al día siguiente, los emisarios del municipio registraron la posada, no hallaron demasiadas pertenencias más que un manuscrito en idioma árabe firmado con el apellido de Gomélez , rubricado en Zaragoza a fines del siglo XVIII.

martes, 30 de marzo de 2021

 

El perfume de la dama de noche aún está guardado,

En el camino de baldosas sobre la tierra me acarician las hojas,

Con mis dedos, sobre el sendero, recojo las flores de rosas chinas rojas,

Y la armonía de la mañana de otoño me lleva a un sosiego impensado,

 

Los rayos del sol entibian mi piel, me enceguecen,

Me transporto a mi niñez, en el suelo del jardín contemplando la calidez matinal,

Sensaciones de alivio, sin las angustias de esta adultez fatal,

La realidad me arranca los ojos mientras las hojas perecen;


Niebla execrable ¿Qué devenir me depara a mí y a esta humanidad?

El otoño tiene su canto, decía Keats

Una contradicción sublime, una fatalidad,

Hierba naciente y fronda exánime, pastizales y humedad,

Quizás el porvenir no esté lejano del Aullido de los Beats

viernes, 15 de enero de 2021

 

La noche que se eclipsaron los cuerpos celestes se escabulló entre la maleza, el profundo jardín, el pasillo eterno que recorría la derruida casa, donde años atrás dos ancianos  exánimes volvían a ser tierra. Se fugó por la penumbra, entre sombras y la marmórea luz de la luna llena, sin destino, hacia el abismo. Desvanecióse su ágil cuerpo, se sumergió en las profundidades de lo desconocido.

Sucedió meses después, otra noche ominosa, luego de un crepúsculo que tornó el paisaje sepia, mientras los transeúntes se miraban las manos, anonadados, como si los falsos profetas estuvieran arribando y por fin se anunciase el término de los calvarios. Ella apareció sin más, caminando misteriosa por el sendero, apostándose pensativa en la ventana, mirando a todos. Sus ojos encendidos se habían transformado, sus gestos otrora apacibles se vislumbraban taciturnos, oscuros, no era la misma. Como si hubiera regresado del Hades, atravesando los pantanos del inframundo, su ser alternándose en realidades, universos.
(Ay, viajera ancestral, los caminos del Ananké te quitaron tu espíritu, vagando sin más entre la paradoja de los mundos hoy volviste).

Desde adentro se sentía el temblor,  el aroma a menta del jardín los envolvió, y allí la vieron, con su mirada transfigurada, su semblante impío. Era ella ¿Era ella? Se les erizó la piel, y fueron a su encuentro, movidos por una fuerza absurda, inconsciente, como si fueran sonámbulos en la madrugada. La abrazaron y cerraron los ojos mientras la oscuridad los envolvía.

lunes, 26 de octubre de 2020

Grigera 166 (Primera parte)

 

I.

Saltaron la reja súbitamente y se adentraron en la propiedad. El lugar parecía abandonado: la mugre se acumulaba en los rincones, y el aire tenía esa atmósfera espesa de las casas olvidadas. Sus dueños, pensaban, se debían haber ido del país. Era una oportunidad única, podían ocupar la casa sin ningún tipo de problema en un barrio en el que no podrían haber vivido ni en sus sueños. La casa tenía un jardín delantero, con varias especies de plantas y grandes árboles que dejaban a la casa siempre en las sombras. Un sendero llevaba hacia el porche estilo americano, cuando pisaron las tablas intentaron hacerlo suavemente, no querían alertar con ruidos a los vecinos, la madera crujía y el sonido los estremecía, parecía que la casa chillaba, como si se quejara de su presencia. Abrieron las rejas de la ventana haciendo palanca con una barreta, la oscuridad los envolvió y la casa les pareció enorme, insondable. El más flaquito se adelantó a tientas por el vestíbulo, un hedor inenarrable le inundó las fosas nasales, su sangre se heló.

-         - ¿Nahue, olés, hermano? La concha de la lora, es ese olor… Olor a muerte, boludo. Me hace acordar a cuando íbamos a afanar las placas en el cementerio.

-         - Estás flashando, no huelo nada. Sólo hay olor a viejo, como a casa de abuelo - Respondió Walter, más alto y corpulento.

No se veían, no se veía nada, caminaban a ciegas, tanteando con las manos. La madera seguía crujiendo a cada paso, y el viento empezó a entrar gélido por la ventana abierta, parecía un frío polar, ese que duele en la piel. De pronto Walter sintió un golpe fuerte, como si se hubiera derrumbado algo, el piso quizás.

-          -¿Che, qué pasó?  Nahue ¿Estás bien?

La respuesta no fue más que silencio. Siguió caminando, inusitadamente  congelado y sus pies tropezaron con algo ¿Un bolso? Pensó. Se agachó, en cuclillas tanteó el bulto. Una sensación nauseabunda le invadió el cuerpo, sus gestos llenaron de horror cuando las luces altas de un automóvil que pasaba por la calle iluminó el interior de la casa. Con un grito ahogado salió corriendo en dirección hacia la ventana, a los pocos metro sus pies nuevamente se enredaron con otro bulto en el piso, cayó de bruces y se golpeó la cabeza. Se incorporó rápidamente, su visión nublada contempló la casa, y una mueca de terror se le dibujó en el semblante, se vio rodeado de siluetas con un rostro pálido, marmóreo y una expresión que no pertenecía este mundo, inhumana. Un poco atontado por la caída siguió su huida, logró salir por la ventana y cruzar la reja. Agitado se vio en medio de la calle, a la madrugada, observando la propiedad con sus manos apoyadas sobre sus muslos,  respirando entrecortado. Recordaba la imagen de su amigo y el terror volvió a nublarle la razón, salió corriendo hacia la avenida Pavón perdiéndose entre las calles del barrio residencial.

II.

Desde que era chico esa casa siempre me había llamado la atención. Antes no desentonaba tanto con el resto de la cuadra, las casas eran todas viejas, con estilo americano o arquitectura Tudor y denotaban la opulencia de las viejas quintas sureñas. Era, y sigue siendo, un barrio de clase media alta, pero esa casa de Grigera 166 no resultaba tan ostentosa. Con el devenir de los años la zona se fue modernizando y nuevos edificios de departamentos empezaron a reemplazar a las antiguas casas. Menos verde, más ruido y más cemento. Sólo sobrevivieron dos elementos de aquel paisaje: el empedrado y la casa de la altura catastral número 166, con su entrada fresca de jardín y su parque trasero que se entreveía por el camino lateral que llegaba al fondo.

Si el lector pudiera observar con sus propios ojos la cuadra, descubriría la hermosa arboleda que recubre el viejo empedrado banfileño de las calles cercanas a las vías del tren. Veredas de sosiego, casas refaccionadas y modernas, amplios jardines, propiedades bastante costosas. Todos los hogares denotan una vitalidad única, el barrio parece afable e invita al visitante foráneo, de barrios inquietantes y marginales, a desear mudarse entre aquella dicha superficial.

Sin embargo, entre tanta opulencia, había en el barrio una casa abandonada, la de Grigera al 166. El pasto alto, una montaña de basura, latas viejas y paquetes de comida pudriéndose, dominaban el hall de entrada de la casa, resguardado por una vieja arcada al estilo inglés. Un numeroso grupo de gatos callejeros había colonizado la propiedad, escondían sus figuras tras la basura para observar con sus ojos felinos a los transeúntes, sus miradas furtivas asomaban como luces en los recovecos menos luminosos del jardín de la entrada.

Decidí dirigirme hacia el lugar con el objeto de preguntarles a los vecinos qué era lo que había sucedido con la casa. Había un inexorable sentimiento en mí, una curiosidad insólita que me llevó a investigar nerviosamente cada detalle. Cuando empecé a observar con atención la propiedad no podía parar de atormentarme, algo había ocurrido, alguna desgracia. Aquél lugar me transmitía un enorme sentimiento de vacío. No podía siquiera dormir bien hasta no satisfacer mi intriga, hasta no descifrar el arcano que habitaba entre la suntuosidad de aquel barrio.

Una vez allí no logré hablar con ninguno de los vecinos. Al abordarlos mientras entraban sus autos sintieron cierto, y fundado, temor. Yo parecía un perturbado, un alienado. Mis ojos desorbitados y mi respiración agitada denotaban un turbado estado mental. Cuando les pregunté sobre aquella casa me miraron dejando entrever cierto resquemor, una desconfianza que no sabría decir si fue causada por la impresión que les provocó mi presencia o por el objeto mismo de mis inquisiciones.

Decidí volver a mi humilde barrio y tranquilizarme. Con un poco de desazón entendí que debía buscar otras vías de conocimiento, otros medios de investigación.

Recordé que tenía muchos amigos en la Municipalidad, ya que durante algunos años trabajé en el Concejo Deliberante. El nombre de Fernando se me vino súbitamente a la cabeza, él seguía trabajando allí y podía conseguirme algún contacto en la Oficina de Catastro, necesitaba saber qué había sido de la historia de la casa, quiénes la habían habitado, y así, descubrir por qué habían dejado la casa en ese estado durante quince años, en el medio de uno de los barrios más exclusivos de la ciudad.

Fernando era joven, aunque siempre cargaba con un aire de solemnidad que los hacía parecer una persona mayor. Tenía una mirada verde musgo muy penetrante, un semblante serio. Era alto y su andar denotaba un particular sosiego y una meticulosidad para realizar todas sus tareas.

Mi amigo, siempre bien predispuesto, respondió mi llamado al instante, y tal como lo imaginaba, no sólo me consiguió el contacto de la oficina en cuestión, sino que también indagó un poco sobre la historia del chalet. La costumbre de Fernando era hacer las cosas minuciosamente  y no se le solía escapar ningún detalle. Por otra parte, era muy reticente a la tecnología, por lo cual me solicitó que me encuentre con él en un café, eligió el histórico Café París.

Cuando arribé al lugar nos dimos un efusivo abrazo, hacía casi un año que no nos veíamos. Mi amigo traía en sus manos una carpeta con un informe bastante completo de la propiedad, me dijo que no hacía falta que realice las gestiones con la gente de catastro, que él ya se había encargado de todo.

-     - Martín, tengo algo que te va a interesar mucho. Vos tenés un montón de conocimientos sobre nuestra historia, sobre lo que pasó acá en los ’70. Sabés que esto nos marcó, que nadie se olvida. – Me dijo mirándome con gravedad mientras tomaba un cortado.

-         - ¿Y a qué viene esto? ¿Qué tiene que ver esta casa con los ’70?

-       - Acá  tenés información, te preparé todo pero imagino que vos podrás investigar un poco más sobre lo que sucedió, tenés acceso a los Consejos de Guerra. Hubo un operativo y liquidaron a una familia, fue el 10 de noviembre de 1976.

Cuando me dijo esto me estremecí. Llevaba años investigando como periodista los operativos ilegales llevados a cabo por el Ejército. Los Consejos de Guerra eran una suerte de expedientes donde el Gobierno dejaba constancia de sus operativos ilegales, sólo que dichas constancias eran fraguadas,  falsas, es decir, se inventaban enfrentamientos que no eran tales. El gobierno quería quedar bien, sabía que en la posteridad  se podía llegar a saber lo que hacían, entonces a través de estos expedientes, que los llevaba un organismo militar, lo que había sido una masacre, un fusilamiento, pasaba a ser un enfrentamiento con las fuerzas subversivas. Claro, los únicos testimonios eran los del personal militar, cualquier persona con capacidad lectora, y un ojo crítico para observar, podía advertir las numerosas falencias que tenían estos expedientes. No cerraban por ningún lado.

Me encontraba muy turbado por la información que me había brindado mi amigo. La charla prosiguió trivialmente, y me apresuré en despedirme. Aturdido salí a la calle, la atmósfera del centro lomense me golpeó, dejando atrás el clima calmo del café, adentrándome en la prisa de los transeúntes me dirigí hacia la calle Boedo para tomar el colectivo. Caminé a paso rápido, con un andar preocupado. Las historias de la represión estatal se hacían vívidas en mi mente, las sensaciones me invadían en cuerpo con la ferocidad del terror.

Era una tarde calurosa de primavera, llegué a mi casa y me acosté de espaldas al piso, las gatas vinieron a mi lado, me observaban sentadas, me miraban inquisitivamente. La puerta entreabierta dejaba la vista limpia hacia la arboleda de mi jardín, alumbrada bajo un sol que azotaba la tierra, una leve brisa me acariciaba en el rostro. Un clima estival que me traía memorias de mi infancia, los pájaros cantaban, el rumor de las hojas y el viento, me trasladé por unos instantes a un sosiego pueril cerrando los ojos. Logré incorporarme y fui hacia mi computadora, donde guardaba un extenso archivo sobre los operativos acaecidos en zona sur.

Esta región fue incluida en el plan represivo bajo la denominación ‘’Área 112’’, la cual estaba a cargo de la ofensiva militar del Regimiento de Infantería de La Tablada, conocido entre los milicos por su brutalidad. El conurbano sur, hogar de miles de obreros, estudiantes y militantes sociales, sufrió una represión particularmente feroz.

Entre los operativos que había investigado nunca había advertido que figuraba un domicilio en la calle Grigera al 100, no estaba inscripto con la dirección exacta pero indicaba que ‘’dos N.N.’’, uno masculino y otro femenino, habían sido abatidos. Busqué el expediente de referencia, era una pareja cuyos únicos datos personales hacían alusión a su edad: 25 años el hombre y 23 años la mujer. Sus cuerpos fueron trasladados al Cementerio Municipal de Lomas de Zamora, enterrados en un sector común. También se indicaba la presencia de un menor de 3 años en el lugar, el cual fue trasladado a un hogar para niños en Longchamps.

El expediente sobre el mencionado operativo no contenía más que datos imprecisos, vagos, lo cual era usual, para no dejar constancia exacta de quiénes habían llevado a cabo el procedimiento ilegal. Solamente se señalaba que el Regimiento de La Tablada había realizado el allanamiento, abatiendo a los individuos en el marco de la ‘’Guerra Antisubversiva’’.

 

III.

Había pasado una noche pésima, durmió mal, se despertó en numerosas ocasiones. Sin embargo, se levantó a la hora de siempre, tenía que entregar una nota periodística a la redacción antes de las  10 de la mañana, para que salga en el vespertino. Acarició a las gatas que lo miraban con una fija ternura desde el sillón y se preparó unos mates. Era un día soleado y frío, típico de otoño. Se quedó mirando la ventana que daba hacia el jardín, pensativo en la investigación que estaba llevando a cabo sobre la casa de Grigera.

Como todas las mañanas prendió la notebook para ver las noticias en los diarios online. Siempre se interesaba en las regionales. Una noticia le llamó la atención particularmente, un joven desaparecido en el municipio, un hecho extraño y con muy poca información: estaba con su amigo y fueron vistos antes de la medianoche en una estación de servicio sobre la Avenida Yrigoyen; luego uno desapareció y el otro había quedado en estado de shock, no hablaba y parecía que lo iban a internar en el hospital psiquiátrico municipal.

La noticia impactó fuertemente en él, sintió mucha angustia ¿Qué fue lo que les pasó a esos pibes? ¿Qué podía ser tan horrendo como para dejar en un estado mental tan deplorable a uno de ellos?

Encendió un cigarrillo y se asomó a la ventana, el jardín tenía un aspecto sombrío, las hojas de los árboles azotadas por el viento, el cielo gris. Era como si el propio universo estuviera gritando, sollozando frenéticamente, golpeando las casas, la naturaleza, las personas. Ese jardín que alguna vez había sido una huerta barrial, sin paredes y sin cemento; otrora un pastizal pampeano de tierra negra, cuando no había más que un campo agreste habitado por los nómades querandíes, antes de que Grigera, fundador de Lomas de Zamora, hubiera puesto sus ojos de agricultor en estas regiones al sur de Buenos Aires. Campos bañados en sangre y miseria, de ayer y de hoy. A lo lejos se oían los pasos del ferrocarril, arrastrados por el viento los sonidos de la ciudad con sus llantos, sus risas y sus gritos.

  III.

Desde que había ingresado en el hospicio se vivía en una constante intranquilidad. Los otros pacientes le temían, se alteraban cada vez que se topaban con él en los pasillos. Su mirada enajenada, como si hubiera perdido una parte de sí aquella noche, en esa casa; o más bien, como si algo ajeno se hubiera apropiado de su mente, algo oscuro y ominoso.

Pasaba días y noches sentado en una silla corroída por el óxido, mirando a través de la ventana que daba hacia el parque, su rostro ya no poseía expresión alguna más que el horror. No era un semblante muerto, más bien había un gesto impreso en él, un gesto pétreo, inmutable.

IV.

Era una mañana gris y con neblina, apenas se podía visibilizar algo más allá de los 400 metros, el barrio había adquirido un tono grave y desconocido. Agarró su bicicleta y se dirigió hacia el Hospital Estévez, subiendo y bajando las pequeñas lomas urbanas, que otrora se veían libres de asfalto y poblaban las agrestes pampas del sur de Buenos Aires.

Al cabo de un rato llegó al lugar y llamó a la recepción a través del viejo timbre que se ubicaba en un costado de las rejas, sobre uno de los pilares de la entrada del hospicio. Los hospitales neuropsiquiátricos poseen cierto halo de desesperanza y orfandad, a través de los muros se encierran seres indeseables para sus familiares o amigos, el último eslabón del abandono: el establecimiento público para los que, por sus condiciones mentales,  las autoridades no consideran aptos para los lazos productivos y sociales.

En seguida oyó un grito lejano, vio un hombre en guardapolvo salir del edificio central, el cual se encuentra a unos 50 pasos de la entrada, unidos por un camino de asfalto circundado de palmeras y árboles.

Buen día ¿Qué necesita? – Se dirigió con una brusca sequedad el recepcionista.

lunes, 28 de septiembre de 2020

 

Tomé un viejo libro de la biblioteca, una novela de la Guerra Civil española escrito  por una mujer. Era una edición que tenía sus buenas décadas. Cuando abrí las primeras páginas un amarillento papel se dejó caer, un folleto de librero que indicaba un precio en pesetas. En cuanto lo vi no pude dejar de sumergirme en una profunda reflexión sobre el tiempo y el movimiento. Este libro se editó en las lejanas tierras de la Península Ibérica, a escondidas, ilegalmente, en tiempos de Franco ¿Habrá llegado en barco hasta el Puerto de Buenos Aires? Un libro que defendía la libertad editado en tiempos de opresión. Imaginé el peligro de tenerlo en manos durante la dictadura militar en mi país, imaginé un feroz operativo en la casa que nunca tuve, en un tiempo que nunca viví. Militares de civil, militares de fajina destrozando mi biblioteca irreal, golpeando a mi ficticia esposa, y a mis hijos que nunca nacieron, golpeándome a mi hasta el cansancio, arrastrándome de los pelos hasta la cocina, interrogándome. Me vi tapado por una frazada, debajo del asiento de un auto a gran velocidad, me vi siendo torturado en una cama de metal, con la electricidad destrozándome el cuerpo, me vi desnudo y ensangrentado sobreviviendo entre mis desechos. Arrojado en un descampado en plena madrugada, cerré los ojos esperando el sonido final de la metralleta, y nada sucedió. El libro de mano en mano, el libro volviéndose ocre, el libro envejeciendo mientras yo nacía, gritaba a la partera y a mi vieja. El libro viajando, moviéndose como quisiera moverme, entre el insondable océano, entre el inabordable cielo.  Las páginas en mis manos, el papel del librero manchego con su precio en pesetas en mis manos, mientras la cerveza se calienta una noche de primavera de este futuro distópico.