Se aleja la luz del sol en el horizonte, los últimos rayos iluminan los vidrios rotos de las ventanas mientras una paloma se posa en un marco olvidado. Amplias portones oxidados, paredes grises descascaradas y llenas de pintadas. El silencio llena cada espacio, se pasea por el corredor, por las oficinas de escritorios ajados, abre puertas desvencijadas como un espectro que espera por un humano para desvanecerse. Ecos resuenan en los viejos talleres, ecos del ayer. El agua se filtra en las chapas de los galpones que abrazan al silencio, que también esperan la vida o la muerte. La calle observa desierta, sin otro sonido más que los ladridos lejanos de un perro, el sonido grave de un colectivo que pasa en la otra cuadra, y en la esquina yace una parada con un banco de metal roto y sin ningún cartel. Hay pocos árboles en el barrio, predominan colores opacos, ya nadie se baja en la parada de la esquina.
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