Kuña, veo tu indomable andar entre el monte,
tu tez dorada como el sol abrasador,
el pelo negro, tu gracia, suave candor,
mientras observás sosegada el horizonte,
Kuña, la frescura del arroyo tus pies baña,
te llaman los ecos de la tierra colorada,
pueril respondés con tu canto y con tu mirada,
vertés sobre sus viejas tumbas la dulce caña,
Kuña porá, tu modesta aldea arrasada,
el cielo se torna ahora rojo por el fuego,
angá, kuña porá, se escucha en él tu ruego,
Truena por los montes tu funesta bramada.
Kuña, te observo desde tiempos lejanos,
en mi roja sangre tu ancestral memoria,
desde los confines de la vil historia,
conmueven mi pecho los siglos tiranos.
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