La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

domingo, 4 de enero de 2015

Fernando Pessoa

ABERTURA
En mis momentos oscuros
Cuando en mí no asoma nadie,
Y no es más que niebla y muros,
Lo que en la vida me atañe,

Alzo la frente un instante
De donde vivo agobiado
Y, en el espacio distante,
Veo al sol caer dorado.
Existo entonces, revivo;
Y aunque sólo sea ilusión
Lo exterior en que me olvido,
Nada más que quiero ni pido:
Le entrego mi corazón.





Tabaquería*

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe
quién es
(Y si supiesen, ¿qué sabrían?),
Dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
A una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
Con la muerte que mancha de humedad las paredes y hace
blancos los cabellos de los hombres,
Con el Destino que conduce la carroza de todo por el camino de
nada.
Estoy hoy vencido, como si supiese la verdad.
Estoy hoy lúcido, como si estuviese por morir,
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que la de una despedida, tornándose esta casa a este lado de la
calle
La hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida
Dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un chirriar de huesos al arrancar.
Estoy hoy perplejo, como quien pensó y halló y olvidó.
Estoy hoy dividido entre la lealtad que debo
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fallé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
El aprendizaje que me dieron,
Descendí por la ventana trasera de la casa.
Fui al campo con grandes propósitos.
Pero allí sólo encontré yerbas y árboles,
Y cuando había gente era igual a la otra.
Me retiro de la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de
pensar?
¿Qué sé yo lo que seré, yo, que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!
¡Y hay tantos que piensan ser la misma cosa que no puede haber
tantos!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe? ni a uno,
No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con
tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas—
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
Y quién sabe si realizables,
¿Nunca verán la luz del sol real ni hallaran oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga
razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que
Cristo.
Hice filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para esto,
Seré siempre sólo el que tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie
de una pared sin puerta,
Y cantó la cantiga del Infinito en un gallinero,
Y escuchó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me despeina,
Y lo demás que venga si viene o que tenga que venir, o que no
venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
Pero nos despertamos y él es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, niña;
¡Come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que la de los
chocolates.
Mira que todas las religiones no enseñan más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Si pudiera yo comer chocolates con la misma verdad con que tú
los comes!
Pero yo pienso y, al quitarles el papel plateado, que es de estaño,
Arrojo todo al suelo, como tiré la vida.)
Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos dedico a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos por el gesto amplio con que arrojo
La ropa sucia que soy, sin motivo, para el decurso de las cosas,
Y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
O diosa griega, concebida como estatua con vida,
O patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
O princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
O marquesa del siglo dieciocho, escotada y distante,
O cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
O no sé qué moderno —no concibo bien qué—,
Todo eso, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡qué
inspire!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco
Me invoco a mí mismo y nada encuentro.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan.
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como un condena al destierro,
Y todo esto es extranjero, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por no ser yo.
En cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni
creído
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer
nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan
la cola
Y que es cola más acá del lagarto que se retuerce.
Hice de mí lo que no supe,
Y lo que pude hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me
perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había
quitado.
Arrojé la mascara y dormí en el vestidor
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,
Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Pisoteando la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete con el que tropieza un borracho
O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.
Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó
en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
Y con la incomodidad de una alma que mal entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
Y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las
cosas como letreros,
Siempre una cosa frente a otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del
misterio de la superficie,
Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.
Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿a comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me incorporo a medias enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en los que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo el humo como mi camino,
Y gozo, en un momento sensitivo y adecuado,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia de una
indisposición.
Después me reclino en la silla
Y sigo fumando.
Seguiré fumando hasta que el Destino me lo permita.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
Tal vez sería feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.
El hombre salió de la Tabaquería (¿guarda el cambio en el bolsillo
del pantalón?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino, Esteves se volvió y me vio.
Hizo una señal de adiós, le grité ¡Adiós, Esteves!, y el universo
Se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la
Tabaquería sonrió.

Tengo tanto sentimiento...

Tengo tanto sentimiento
que es frecuente persuadirme
de que soy sentimental,
mas reconozco, al medirme,
que todo esto es pensamiento
que yo no sentí al final.

Tenemos, quienes vivimos,
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada,
y la única en que existimos
es la que está dividida
entre la cierta y la errada.

Mas a cuál de verdadera
o errada el nombre conviene
nadie lo sabrá explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que él se ha de pensar.

Versión de Ángel Crespo









Todas las cartas de amor son ridículas...*

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.

Quién me diera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).

**Heterónimo A. Campos
Versión de Miguel Ángel Flores







Tu voz habla amorosa...

Tu voz habla amorosa...
Tan tierna habla que me olvido
de que es falsa su blanda prosa.
Mi corazón desentristece.

Sí, así como la música sugiere
lo que en la música no está,
mi corazón nada más quiere
que la melodía que en ti hay...

¿Amarme? ¿Quién lo creería? Habla
con la misma voz que nada dice
si eres una música que arrulla.
Yo oigo, ignoro, y soy feliz.

Ni hay felicidad falsa,
mientras dura es verdadera.
¿Qué importa lo que la verdad exalta
si soy feliz de esta manera?

Versión de Teodoro Llorente

 

lunes, 29 de diciembre de 2014

Se alborota en mis entrañas, tiene inefables ganas de ver la luz, salir, mostrarse al mundo. El cuerpo no es más que una cruel y oscura prisión, un encierro idéntico a todos los demás. Quiere vagar por las calles, charlar afablemente con las demás, apreciar el sol, las montañas, el mar. Mi interior se ajetrea, ella se mueve hiperquinéticamente, no aguanta un sólo día más enclaustrada.  Se inmiscuye por los poros, los orificios nasales, me exige que la libere. Mi forma corpórea inerte, copia símil de los restantes, inútil, animal, carece de humanidad. Triunfa, logra salir, ella, mi parte incorpórea, abstracta, intangible, inmaterial, mi ser, es puramente humana. Mi identidad, mi originalidad, mi singularidad se encuentran en ella. Puja por salir de las penumbras, por mostrarse, por otorgarnos nuestro único elemento singular, eterno, por darnos vida y humanidad. Ve la luz, enamora...

Il passato non è morto e sepolto



               Es curioso el efecto que melancolía puede tener en el ser. Muchas veces convierte el ambiente en una homogénea penumbra gris de tristeza, una bruma desoladora que asfixia, el alma se ensimisma en la aflicción. Otras veces embellece el recuerdo, purga de pecados a cada momento pasado, y perfuma dulcemente cada rincón de la memoria, es esa melancolía intensa y apacible con la que uno recuerda a un ser querido cuyo elemento corpóreo ha dejado de existir. Siempre esa pesadumbre, ese dolor, pueden ser fermento de la robustez del alma, uomo non educato dal dollore rimane sempre bambino. Un recuerdo puede ser un tormento como también fuente de la dicha, orgullo o vergüenza del pasado.
               Él estaba sentado en la vereda bajo la sombra de un frondoso tilo, en un pasaje inusualmente transitado de Lomas de Zamora, mateando, concentrado en sus recuerdos. Se encontraba afligido, la pesadez húmeda del día parecía maldecirlo aún más. Cuando la yerba se lavó por completo, a tal punto que parecía un caldo de hierbas, se levantó, entró a su humilde hogar, buscó el viejo machete y lo empuñó con brío. Estaba decidido a terminar con su tormento, escondió el arma en unos trapos viejos, y caminó hasta del verdugo de su felicidad, unas veinte cuadras hacia las zonas altas. Sin pedir permiso, ingresó saltando el muro, abrió sigilosamente la puerta de entrada, y ahí estaba él, sentado esperándolo, se miraron fijo a los ojos, idénticos. El intruso se abalanzó, dejando los trapos viejos que había utilizado para envolver el filoso metal en el piso, y clavoselo en las entrañas, muriendo el agredido en el instante. Las gotas de sudor caían de su frente, quedó arrodillado frente al cadáver. Parte de él había exhalado su último respiro en ese instante, su pasado se fugó del mundo, quedó, ahora sí, en un simple recuerdo, sin vida, muerto, y anónimo. Dejó el machete en el piso, salió caminado hacia la puerta, los vecinos del barrio lo saludaban, recordaban su cara. Volvió hacia la periferia, hacia la marginalidad, tranquilo, sosegado, encendió la hornalla, puso la pava en el fuego y se sentó en paz.

lunes, 22 de diciembre de 2014

El tiempo avanza, inquebrantable,
el movimiento erosiona la vida, los cuerpos,
el roce del aire desgasta la mente, los recuerdos,
el tiempo permanece firme,

Cada respiración, cada latido,
un minuto menos, un segundo menos en la tierra, en la vida, en el universo,
La gente sigue, el tiempo sigue impertérrito,
Todo se altera, todo cambia, nada permanece, excepto el tiempo.

El tiempo es movimiento, el movimiento es el tiempo,
se quiebra la inercia, cede ante la energía de cada instante.

viernes, 28 de noviembre de 2014

No quiero ser una foto más en la pared,
no quiero que mi mirada quede vacía y sin memoria,
no quiero que mis manos frías se duerman en el olvido,

Quiero que mi imagen permanezca en tu recuerdo,
Quiero que mi mirada desprenda fiereza y lucha,
Quiero que mis manos sucias con barro estén saciadas de trabajo para ayudar a mis hermanos,

No quiero que mi nombre se borre con la historia,
No quiero que mi recuerdo sea una fugaz quimera,
No quiero que mi alma enmudezca el día que muera,

Quiero que mi nombre se quede grabado en las paredes,
Quiero que mi recuerdo no conozca los límites del tiempo,
Quiero que mi alma siga viva, en llamas, inspirando lucha...

viernes, 7 de noviembre de 2014

El sol golpeaba fuerte en mi piel pero finalmente encontré una alegre plaza que podía
cobijarme bajo sus formidables árboles que ostentaban bellas flores violáceas. Era un día
cualquiera, las personas realizaban sus actividades cotidianas: una pareja de dos chicas que se
besaban apasionadamente en un banquito, varias personas caminaban toda la cuadra de la
plaza una y otra vez, no había nada fuera de lo usual de un día común en un barrio suntuoso de la Ciudad de Quilmes. Sin embargo al adentrarme por los senderos bañados por pétalos violetas descubrí a un vieja señora, con un rostro bondadoso pero con aires misteriosos, sentada en un banco con un cuaderno y un lápiz, mirando absorta al papel y luego a la escena, así sucesivamente. Su
mirada expresaba arte, imaginación y creatividad, su fuente era ese escenario tan jovial. Una
sensación de incertidumbre me alcanzó, preguntas: ¿Acaso podía ser yo el protagonista de su
prosa? ¿Iba mi persona a quedar inmortalizada en un escrito de una desconocida escritora?
¿Qué sucedería si ese pedazo de papel con grafito impregnado se convertiese en un best-seller y
mi figura, mi personaje fuese el principal? ¿Puede un extraño tomar mi esencia y trasladarla a un trozo de papel?Seguí caminando, con una mirada ensimismada y pensativa, tomé un papel de mi bolsillo, saqué mi lápiz y comencé a escribir...

"Las palabras escritas vuelven eternos los momentos, convierten en presente los recuerdos, inmovilizan en un instante a las personas, nos cuentan el futuro, nos traen historias de otros mundos, nos sacan lágrimas melancólicas, nos infunden pasión, tristeza, alegría y dolor. Yo no creo en el presente, ni creo en esta realidad, porque quizás sólo soy un pensamiento de un lejano poeta en otra vida, otro tiempo, otro espacio. ¿Cómo creer en la realidad ostensible únicamente si cuando mis ojos se deleitan página tras página al leer Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y me adentro en el más abstracto de los mundos, me desplazo por un espacio sin tiempo, sin materia? ¿Cuánto tiempo puedo sumergirme en la realidad de las letras? ¿Un segundo, unos minutos, una hora, una eternidad? Si quiero escaparme, si quiero que mis pies se eleven del suelo, lo sé ¡Yo lo sé! Tinta negra, una página, un libro, una palabra, una letra."

lunes, 3 de noviembre de 2014

Las gotas rompen contra el sendero,
una y otra vez, continuamente, eternamente,
Ese golpe resuena, me infunde de nostalgia,
El río engrosa su caudal, otro recuerdo más corre por su vertiente,
refresca la tierra mientras el pasto exhala su aroma de naturaleza viva,
entierro mis manos, tomo el barro, lo siento y me lleno de libertad,

Tras la ventana, bañada en lágrimas del cielo,
se esconde un hogar, unas leñas, un fuego,
un agradable sillón, un libro viejo, historias, y paz,
alejado del ajetreo de la metrópoli,
vorágine fatídica que ennegrece el temperamento,
Ahora la brisa corre, una sinfonía trae, calma...