La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

domingo, 9 de septiembre de 2018

Adrogué


La noche descansa sobre el empedrado que se bifurca como un canal entre las antiguas casonas. Las viejas quintas, los tilos que dejan caer sus ramas, alguna luz tenue en una habitación del fondo, y el tren de medianoche que se retira fantasmal de la estación.
Evoco aquellos recuerdos nocturnos, no tan lejanos, cuando estábamos sentados en la vereda, cerca de las vías, y el tiempo no era otra cosa que los latidos de tu corazón,  y el espacio no era otra cosa que tu inefable cuerpo, como si toda la eternidad estuviera contenida en tu forma. Y así sucedía el cielo, entre la oscuridad y las estrellas, y la claridad celeste del día, entre veredas gastadas y sábanas desacomodadas, entre tu cuerpo y el mío.
La plaza, el palacio municipal, la casa de Borges, nos veían pasear de la mano, disfrutando del aroma de los árboles y las brisas frescas de primavera que se confundían con tu perfume de glicinas, y me rememoraba a una sublime novela de Marechal.
Ahora el viento sacude las hojas, que se recuestan suavemente sobre los adoquines, mientras la desolación de una fría tarde de invierno penetra en mis venas, y busco tu nombre entre las calles. Persigo tu espectro que se me manifiesta en cada esquina, y a su vez se borra como un vago recuerdo, como una figura de cenizas que se esparce por el aire, desvaneciéndose.
Quizás nunca te conocí, o quizás nunca te conoceré, quizás aquellos recuerdos que evoco hayan existido en otro sendero del tiempo, en un camino que nunca tomé por no haberme percatado de la bifurcación de mi existencia.
Y mi propia conciencia se encuentra absorta frente a esa multiplicidad ineludible de realidades, donde en algunas habita tu ser y en otras simplemente es una sombra que se esfuma eternamente.
Con el semblante caviloso sobre mis pasos, continúo mi peregrinación por el adoquinado interminable, bajos los tilos, bajo la noche y sus sombras...


sábado, 1 de septiembre de 2018

Circe


Ecos de la Antigüedad se funden en la lumbre,
Se combinan elíxires enteógenos en sus manos,
La ceremonia de Circe, el Pharmakos;
Alivian, sosiegan el alma, sus pócimas.

Ella y sus ojos de pupilas dilatadas,
Llevan el secreto de la ebriedad pagana,
Su culto aún pervive, en los oscuros caminos de los bosques,
En la intimidad de la natura, entre la humedad vegetal y las setas,

Los hombres perdidos se adentran en los verdes caminos,
Indagando sus misterios, inquiriendo los pasajes perdidos en los viejos papiros,
Erradicar el absurdo de sus frágiles vidas buscan,
En las tersas manos de Circe…

lunes, 20 de agosto de 2018

Te vi, bajabas del tren, la estación del pueblito te esperaba con los brazos abiertos. Llevabas el mismo vestido de aquella noche, en la fiesta del club del barrio, excelsa. La bruma te rodeaba, la estación desolada ¡Tan real! Juro que te vi, a vos o a la imagen de tu recuerdo, lo ignoro.
El rocío de esta mañana de estío se asemeja a mis lágrimas. Mí mirada fija en el monte, parado pétreo, frente a tu lápida. Juro que te vi. Y no es esta botella de ron añejo lo que me da esa certeza, ni las calles infinitas desandadas en la madrugada, es mi propia alma en desasosiego la que me canta las cuarenta. Juro que te vi, real, vital y sublime. Esa noche te vi.

lunes, 30 de julio de 2018

Estoy sentado tomando una birra, sosegado en la bruma del alcohol. Enciendo un pucho y veo el humo viajar ascendentemente por el aire. Mi mirada se desvía hacia el fondo de la escena. Una calle angosta de barro, las paredes de una construcción de ladrillos sin revocar, dos pisos de habitaciones de miseria ¿O dos pisos de una pared estilo francés del Siglo XIX? ¿Están los pibes tomando merca en una esquina del Tongui o estoy en las callecitas alsacianas inundadas de aroma a boulangerié? Estoy mareado, en espacio y tiempo ¿Soy del conurbano o soy monsieur del bajo Rin? ¿Son las Gilera con el caño de escape haciendo corto o son europeos elegantes en bicicleta? ¡Son humanos! Y me quema desde adentro mi humanidad. Como una metáfora existencialista respiro mí ser (o la nada). Inhalo todo, a todos, a mi. Mato la birra, el último trago, cierro los ojos ¿Donde estoy? Se me cruzan las imágenes, los colores, los olores, la existencia misma. Cae el sol, cae siempre, cae en todos lados, aquí y alla. Al final de la tarde la noche nos envuelve a todos por igual, aquí y allá.

jueves, 26 de julio de 2018

Aún en el sosiego predominante que habita en un lago que baña los valles de los Alpes, una brisa irrumpe y me saca violentamente del ensueño. La nostalgia del hogar, de aromas lejanos, de historias de matreros y canciones del hampa, me llaman, me atraen como las sirenas del Egeo a Ulises en su Odisea. Soy un navegante en alta mar perdido, un náufrago en los Alpes, en el viejo continente, buscando tierra firme, el horizonte, un destino ilusorio. Aun así el caos me tienta como Mefistófeles a un melancólico Fausto, volver a los pies de barro y a las flores del Riachuelo. La podredumbre es mucho más fiel para mi alma tanguera, arraigada al arrabal, que esta fría civilización.

domingo, 24 de junio de 2018


Yo muero y veo negro, no hay luz. Yo muero y no veo, no me ven. Mis ojos, los ojos perdidos de un cadáver, mi piel marmórea, mi cabello fino que cae sobre la mortaja. Dejo la existencia corpórea pero sin embargo acá estoy, en estas letras, en este texto, mi voz resuena en tu cabeza, aquí y ahora. Así estaré siempre, como una voz lejana en tu inconsciente, un murmullo lúgubre que surge de tus adentros. Aunque te tapes los oídos estaré incólume, aunque cierres los ojos persistiré,aunque te escondas bajo las sábanas o metas la cabeza entre la almohada y el colchón, ahí, al lado tuyo, suspirando estará mi presencia. Estoy vivo en estas líneas, aquí y ahora, hoy soy Eterno.

viernes, 8 de junio de 2018

¿Qué nos dejaron?

Este país, este paisito, bien al sur, donde las sonrisas de los pibes recorren los basurales, y los primogénitos de la tierra tienen la piel pegada a las costillas. El hambre, nuestro hambre, se impregna en los rostros arrugados por el sol de la puna, la humedad del Litoral o el gélido viento patagónico. En las urbes, como fantasmas pasean entre la gente, perdidos, con hambre, con sed. Zonas grises del alma. Nadie los mirá, nadie los verá, nadie... Sólo la calle y la luna.
Al río la espalda, a la pampa los agrotóxicos, a las montañas el cianuro. Así nos va, así la Pachamama llora entre los valles del Norte que se esconden entre las nubes, mientras un cóndor planea el cielo más celeste que se pueda encontrar. Nos hubieran dejado las ruinas aunque sea, no esta ciudad construida sobre la arena que nunca se termina de derrumbar. Se estira la agonía, se siente en la atmósfera un ambiente de apocalípsis, hediondo como el Riachuelo.
 Un sorbo de mate, sabor a tierra colorada, sabor a selva. Lo que nos queda, la esperanza de dejar de ser lo que somos, para transformarnos en lo que seremos, en lo que queremos, en querer y querernos. No hay un otro, hay un todos, porque desde el inicio fuimos cubiertos por pinceladas multicolor, variopinta piel, sangre igual de roja. Sangre que corrió y ensució las manos de imperialistas y genocidas, de desclasados y lúmpenes, víctimas y victimarios.
Una historia temprana hacia el sol que, sin embargo, como Ícaro se desplomó. Las alas artificiales se derritieron, caímos una y otra vez sobre el mar, sobre los arroyos rodeados de verdes sierras.
Impenetrables, inexpugnables razones, como el delta bañado por el Paraná, son las que encienden con vehemencia las calles, el seguir pisando el suelo del sur, el país de los matreros.
Antes de volar, hay que aprender a caminar, codo a codo, con el corazón en la boca y la mierda afuera....