Salí a andar en bici un soleado día de invierno. Me
gusta despejar la mente antes de dictar las clases vespertinas en la universidad.
Me perdí en la simpleza del paisaje de Banfield, con sus callecitas prolijas y su poco tránsito. Al poco tiempo
alcancé una barrio de clase media alta, con algunos llamativos callejones que quedaba a unas
quince cuadras de mi casa aproximadamente. Me metí en un callejón, una cortada
que siempre me había llamado la atención. Es una calle estrecha con casitas
bajas que termina en un cerco alambrado. Particularmente me atraía este pasaje
porque ese cerco daba hacia una arboleda en medio de la
manzana y también hacia una cancha de fútbol abandonada. Me daba el sol en la
cara, el clima se prestaba apacible y pensaba en bajarme donde termina la calle
para leer el libro de poesía de Trakl que había llevado en el bolsillo. Me
ensimismé mirando un gatito pardo que estaba sentado, tranquilamente, en medio de la
calle y me sumergí en un pensamiento nimio: ''Qué lindo lugar un callejón para un gatito ¡Casi no pasan autos!''. Seguí avanzando por la pequeña vía,
que no debía tener más de 50 metros de extensión y de repente vi de reojo, al extremo de
mi campo visual, algo que me dejó helado. En una de las casitas bajas, que tiene una exigua
entrada sin enrejado, con un jardín y un árbol, había un señor de unos cuarenta
años con los pantalones bajos, vislumbré su voluminoso y repulsivo miembro colgando.
Me sorprendí desagradablemente y pensé: ''Qué raro, debe estar meando pero... ¿Qué hace meando en el jardín frontal de su casa a la vista de
todos?''. Afortunadamente, para el resto de los mortales, en la calle no
había más nadie, sólo mi presencia y la de un pobre gato. Me imaginaba si justo por allí pasaba
otra persona, quizás una mujer, un niño, o bien, si alguien llegaba asomarse a la
ventana de su casa y ver el deleznable espectáculo. Me sentí incómodo y mis planes
de lectura en la callecita se desvanecieron, intimidado ante la provocadora y asquerosa figura masculina. Llegué hasta el final de la
cortada y di ''vuelta en U'' con la bicicleta. La casa donde estaba el
pervertido era una de las últimas a la izquierda, es decir, ahora, que estaba en
el final de la calle, era una de las primeras con la que me iba a encontrar. Apenas di la
vuelta imploré hacia mis adentros que el tipo desapareciera. Esperaba
que se metiera adentro de lo que parecía ser su casa. Me iba acercando y la
vista de su jardincito me la tapaba la pared del vecino. Cada centímetro que me
aproximaba me aterraba, no entendía bien lo que estaba sucediendo. Cuando llegué a la
altura de la casa volteé mi cabeza, no quería ni siquiera mirar pero escuché una voz muy
cercana (las veredas del pasaje son estrechas) que me gritaba ''Te gusta,
no? Querés ver?''. La sangre de mis venas se heló ante el comportamiento impúdico y nauseabundo. Aceleré el paso
con la bicicleta al ritmo de mis latidos y mi sangre galopante por la adrenalina. En la esquina divisé unos cascotes de una construcción contigua y por un instante pensé en tirarle alguno por
la cabeza al acechante fauno urbano, pero la necesidad de alejarme y volver a mi hogar me venció. Mientras volvía me culpaba por no haber reaccionado, no le dije ni una puteada, no
me paré de manos. A veces me cuesta
reaccionar, a veces quedo estupefacto ante el comportamiento humano, incluso el
mio. Este pensamiento transcurrió como una nube pasajera, era mejor llamar al
911 y advertir a los vecinos ¿Lo habrá hecho varias veces? De todos modos, no
tenía voluntad de andar peleándome ni seguir gastando tiempo. Tenía que dar
clases. La preocupación más que por mi situación era por la posible repetición
del lamentable suceso. A veces, ni en los días soleados hay sosiego.