La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

lunes, 28 de septiembre de 2020

 

Tomé un viejo libro de la biblioteca, una novela de la Guerra Civil española escrito  por una mujer. Era una edición que tenía sus buenas décadas. Cuando abrí las primeras páginas un amarillento papel se dejó caer, un folleto de librero que indicaba un precio en pesetas. En cuanto lo vi no pude dejar de sumergirme en una profunda reflexión sobre el tiempo y el movimiento. Este libro se editó en las lejanas tierras de la Península Ibérica, a escondidas, ilegalmente, en tiempos de Franco ¿Habrá llegado en barco hasta el Puerto de Buenos Aires? Un libro que defendía la libertad editado en tiempos de opresión. Imaginé el peligro de tenerlo en manos durante la dictadura militar en mi país, imaginé un feroz operativo en la casa que nunca tuve, en un tiempo que nunca viví. Militares de civil, militares de fajina destrozando mi biblioteca irreal, golpeando a mi ficticia esposa, y a mis hijos que nunca nacieron, golpeándome a mi hasta el cansancio, arrastrándome de los pelos hasta la cocina, interrogándome. Me vi tapado por una frazada, debajo del asiento de un auto a gran velocidad, me vi siendo torturado en una cama de metal, con la electricidad destrozándome el cuerpo, me vi desnudo y ensangrentado sobreviviendo entre mis desechos. Arrojado en un descampado en plena madrugada, cerré los ojos esperando el sonido final de la metralleta, y nada sucedió. El libro de mano en mano, el libro volviéndose ocre, el libro envejeciendo mientras yo nacía, gritaba a la partera y a mi vieja. El libro viajando, moviéndose como quisiera moverme, entre el insondable océano, entre el inabordable cielo.  Las páginas en mis manos, el papel del librero manchego con su precio en pesetas en mis manos, mientras la cerveza se calienta una noche de primavera de este futuro distópico.

lunes, 24 de agosto de 2020

Día de acoso

 

Salí a andar en bici un soleado día de invierno. Me gusta despejar la mente antes de dictar las clases vespertinas en la universidad. Me perdí en la simpleza del paisaje de Banfield, con sus callecitas  prolijas y su poco tránsito. Al poco tiempo alcancé una barrio de clase media alta, con algunos llamativos callejones que quedaba a unas quince cuadras de mi casa aproximadamente. Me metí en un callejón, una cortada que siempre me había llamado la atención. Es una calle estrecha con casitas bajas que termina en un cerco alambrado. Particularmente me atraía este pasaje porque ese cerco daba hacia una arboleda en medio de la manzana y también hacia una cancha de fútbol abandonada. Me daba el sol en la cara, el clima se prestaba apacible y pensaba en bajarme donde termina la calle para leer el libro de poesía de Trakl que había llevado en el bolsillo. Me ensimismé mirando un gatito pardo que estaba sentado, tranquilamente, en medio de la calle y me sumergí en un pensamiento nimio: ''Qué lindo lugar un callejón para un gatito ¡Casi no pasan autos!''. Seguí avanzando por la pequeña vía, que no debía tener más de 50 metros de extensión y de repente vi de reojo, al extremo de mi campo visual, algo que me dejó helado. En una de las casitas bajas, que tiene una exigua entrada sin enrejado, con un jardín y un árbol, había un señor de unos cuarenta años con los pantalones bajos, vislumbré su voluminoso y repulsivo miembro colgando. Me sorprendí desagradablemente y pensé: ''Qué raro, debe estar meando pero... ¿Qué hace meando en el jardín frontal de su casa a la vista de todos?''.  Afortunadamente, para el resto de los mortales, en la calle no había más nadie, sólo mi presencia y la de un pobre gato. Me imaginaba si justo por allí pasaba otra persona, quizás una mujer, un niño, o bien, si alguien llegaba asomarse a la ventana de su casa y ver el deleznable espectáculo. Me sentí incómodo y mis planes de lectura en la callecita se desvanecieron, intimidado ante la provocadora y asquerosa figura masculina. Llegué hasta el final de la cortada y di ''vuelta en  U'' con la bicicleta. La casa donde estaba el pervertido era una de las últimas a la izquierda, es decir, ahora, que estaba en el final de la calle, era una de las primeras con la que me iba a encontrar. Apenas di la vuelta imploré hacia mis adentros que el tipo desapareciera. Esperaba que se metiera adentro de lo que parecía ser su casa. Me iba acercando y la vista de su jardincito me la tapaba la pared del vecino. Cada centímetro que me aproximaba me aterraba, no entendía bien lo que estaba sucediendo. Cuando llegué a la altura de la casa volteé mi cabeza, no quería ni siquiera mirar pero escuché una voz muy cercana (las veredas del pasaje son estrechas) que me gritaba ''Te gusta, no? Querés ver?''. La sangre de mis venas se heló ante el comportamiento impúdico y nauseabundo.  Aceleré el paso con la bicicleta al ritmo de mis latidos y mi sangre galopante por la adrenalina. En la esquina divisé unos cascotes de una construcción contigua  y por un instante pensé en tirarle alguno por la cabeza al acechante fauno urbano, pero la necesidad de alejarme y volver a mi hogar me venció. Mientras volvía me culpaba por no haber reaccionado, no le dije ni una puteada, no me paré de manos. A  veces me cuesta reaccionar, a veces quedo estupefacto ante el comportamiento humano, incluso el mio. Este pensamiento transcurrió como una nube pasajera, era mejor llamar al 911 y advertir a los vecinos ¿Lo habrá hecho varias veces? De todos modos, no tenía voluntad de andar peleándome ni seguir gastando tiempo. Tenía que dar clases. La preocupación más que por mi situación era por la posible repetición del lamentable suceso. A veces, ni en los días soleados hay sosiego.

martes, 4 de agosto de 2020

Reverdece el monte que acompaña los caminos,

Tierra colorada y aire espeso,

Escasas casillas, escuálido ganado,

Mitã’i que desanda los senderos,

Machete en mano y sonriendo,

Fulgores matinales lo regocijan,

Tierra colorada empapada de rocío,

Mitã’i en libertad que va hacia los esteros,

Insondable verde, exuberante naturaleza,

Mitã’i quiere lejos a la ciudad.


lunes, 3 de agosto de 2020

¿Quién te despojó del hermoso ensueño primaveral?

Voces guturales desde los confines del gris callejón,

Mientras las brisas  sacuden los árboles,

Mientras el silencio se rompe,

Las sombras te visitan en tu alcoba.

Los ladridos lejanos se extinguen,

La quietud retoma su senda,

¿Quién agita tu corazón cuando todos duermen?

La sangre galopante recorre tu cuerpo.

Las calles se llenan de tu bruma,

Tu boca exhala niebla, vapores vespertinos,

Los vahos del vino,

Las verdades de la sangre desnuda.

¿Quién te arrulla por las mañanas?


lunes, 22 de junio de 2020

Notte oscura


    Cuando las luces del día aún se encontraban lejanas quedé atrapado e inmóvil en mi lecho. Sólo la luz de la luna, tenue y pálida como el rostro de los muertos, penetraba en la humilde ventana. Mis latidos se agolparon en el pecho, los músculos de mi cara se entumecieron en una sonrisa atroz acompañada de mis ojos completamente abiertos. Las sombras comenzaron a envolverme, mientras mis uñas se clavaban en el colchón como los gatos se aferran cuando temen. Comencé a escuchar las campanas de la vieja Concatedrale di Maria Asunta, aturdido por su cercanía y atónito porque no había modo de que estén sonando en aquellas altas horas de la madrugada. 
    Una bocanada de aire, una brisa y desperté, gimiendo y transpirado, sintiendo nuevamente la libertad en mis extremidades y mis articulaciones. Me levanté súbitamente y corrí hacia la ventana, los callejones del viejo pueblo pugliese inmersos en una bruma fétida. 
    Mi ventana daba hacia la via Michele Speranza y se encontraba en un tercer piso. Entre los angostos caminos y la intensa bruma vislumbré una figura escuálida con un vestido negro estilo campesino, un velo recubría lo poco que podía observar del contorno de su rostro. Su vestimenta me rememoraba a mi Nonna, mi bisabuela oriunda de las montañas abruzzesas, un largo vestido oscuro que cubre hasta los tobillos, casi sin dejar entrever las carnes. No se oían más ni las campanas ni el viento, un silencio absoluto, una calma sepulcral cubría la vecchia città
    La figura, con un andar cansino, notó mi presencia y volteó su rostro hacia mí, levantando su velo. Aún recuerdo de los vehementes escalofríos que recorrieron mis entrañas cuando observé aquel espectro, alguna vez humano, y advertí que bajo las viejas telas no había otra cosa que una horrible calavera con su eterna mueca sonriente grabada. Ominosos miasmas se desprendían de su figura, efluvios de profundis que colmaban la atmósfera. Se notaba el pavoroso paso del tiempo en la amarillenta dentadura, y su mirada, sin ojos, desde los huecos espacios oculares, laceraba mi corazón con un espanto inenarrable. 
    La città también se había tornado siniestra, su familiar paisaje me parecía casi desconocido. Los pequeños pasajes de la antigua ciudad se veían surreales, como si hubieran viajado en el tiempo hacia décadas inmemorables. Ominosos sonidos se escuchaban como ecos entre las ajadas paredes que encerraban los callejones. Me volví inmediatamente hacia mi cama, alejándome de la abominable ventana, como si fuera una puerta hacia los círculos del infierno, sintiendo un frío penetrante en mi cuerpo. Me sentía en una especie de ensueño, entre una realidad irreal de la que no lograba despertar. Me acosté boca abajo, aferrándome a la almohada, sintiendo aún el perfume fétido de la muerte hasta que logré dormirme profundamente, como luego de una eterna y dolorosa vigilia.
    Al día siguiente, en la típica colazione del bar, aún continuaba en un estado febril y con los músculos tensos, sumergido en un estado deplorable. Mis manos temblorosas sujetaban la pequeña taza de café, mi mirada inquieta parecía la de un alienado, mientras el pueblo retomaba su actividad matinal de un modo completamente normal con la parsimonia de un pequeño pueblo italiano.
    El intenso brebaje me arrojó violentamente hacia la realidad, mientras mi desasosiego apenas se disipaba pude conversar con el dueño del antiguo bar, quien notó mi malestar y pareció adivinar sus extrañas causas. Fue así que me introdujo en la funesta historia del pueblo y sus inverosímiles consecuencias: en la noche del veinticinco de mayo los habitantes saben que deben dormir profundamente y de ningún modo deben despertarse durante la madrugada. 
    Los métodos para inducirse el sueño son de lo más diverso. Algunos beben hasta la inconsciencia, otros, principalmente los niños, toman píldoras para dormir, pero nadie, absolutamente nadie de los veinticinco mil habitantes se despierta durante la madrugada de esa noche.  Todos saben que cuando cae el sol los espectros regresan, merodean los pasajes con su andar pesado, eterno . La llaman ‘’La Notte del Ritorno dei Morti’’ y sucede desde hace casi tres siglos, luego de que una famosa batalla entre los austríacos y los borbones tomara lugar en el pueblo, inundando de sangre las viejas callejuelas y las famosas campiñas de olivas. 
    Los dolores del pueblo despiertan una vez al año. Una noche que recuerda aquella cruenta batalla donde sometieron a sus habitantes, sus cabezas rodaron frente a la Concatedrale, su sangre baño los prados, también una noche de bruma…

martes, 16 de junio de 2020


Mientras inhalaba mi primera bocanada de aire, débil, de niño prematuro, una mujer buscaba los restos de su esposo desaparecido. Un cuerpo naciente adquiría un nombre, un rostro, un recuerdo. Un cadáver anónimo adquiría un nombre, un rostro, un recuerdo.

lunes, 15 de junio de 2020


Una dulce canción a lo lejos se desvanece con los vientos del sur. Los rostros aún no maduran, los rostros grises, sin expresión ni resplandor. Los campos a la noche se despiertan y entre los pastizales se escucha el rumor de la vida. Las montañas del norte hacen sonar viejas melodías al viento y el sol arde en la tierra árida. El amargo asfalto, los escasos árboles, el gentío sordo y encerrado. La nieve cae suave, los copos adornan los bosques, la fauna que se resguarda. El silencio del caos,  el tiempo transcurre, las olas que siguen rompiendo contra los acantilados. Las nubes siguen viajando, las bandadas siguen migrando, la corrupción de los cuerpos que no se detiene. Mientras tanto nuestra mirada se fija en la ventana.