Llueve y no para. Mi cuerpo se moja, mi rostro, mi cabello, mis labios. Soy un objeto mojado más entre los charcos de Retiro, entre la gente correteando y los paqueros de la Plaza Canadá. No se ve nada, una cortina de agua me tapa la belleza del Kavannagh. La lluvia me sumerge en recuerdos como si bebiera un elixir memorioso. Cierro los ojos, me dejo empapar por un instante. Los abro nuevamente, observo a mi alrededor y me encuentro en otro lugar ¿Qué carajos hago en Le Marais? Llueve, la lluvia moja igual, las personas buscan refugio de igual manera. Yo camino sereno, imperturbable, apreciando Les Halles a mi izquierda, mirando los hermosos edificios de París. Entre avenidas, boulevares, llené mis ojos de imágenes, de rostros internacionales. Me embriagué con el aroma de las pâtisserie. Me perdí mil veces sin darle demasiada importancia, vagué kilómetros hasta el Sacre Coeur y en sus escalinatas contemplé el horizonte de la Ciudad de las Luces. Cerré los ojos bajo la lluvia y luego de unos segundos los abrí. El edificio estilo inglés del Ex Ferrocarril Central Córdoba se abría ante mí, la 31 costeando Ramos Mejía. La lluvia no para y moja a todos por igual.
La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector
jueves, 17 de octubre de 2019
miércoles, 28 de agosto de 2019
Viaje en tren
Desde el tren veo las casas despintadas,
Las cúpulas de las iglesias del barrio de Barracas;
El empedrado pasa, el tren corre como el agua de un río,
Apoyado contra las puertas (aunque los carteles me advierten
que no lo haga);
Miro la ventana, el
Riachuelo, su olor, las casillas cerca del viejo Puente Bosch;
En el andén de las bicicletas las caras cansadas del laburo,
Se siente la crisis en los rostros, se desnuda en las
miradas;
Llegando a Gerli los vagones abandonados empiezan a llenar
el paisaje,
Cerca de los Siete Puentes unos hombres corren por los altos
pastizales para alcanzar el tren,
La tranquilidad de la estación se rompe por una corrida y
unos gritos,
Las puertas abiertas, un celular, un distraído, una avivada
de un punga,
Lanús, los edificios, el quilombo, un telo frente a las
vías, se suben vendedores,
Otro puente, los viejos talleres de principio del siglo XX,
pintadas,
El Barrio Inglés en el fondo;
Tanta vida tan pasada, tan antigua,
El esplendor de una época visto desde una ventana del tren,
Las estaciones estilo Tudor, una película en blanco y negro,
Los obreros, las fábricas y sus chimeneas, los inmigrantes,
Mi parada, mi estación, Remedios de Escalada.
martes, 30 de julio de 2019
Père-Lachaise
Las hojas danzan suavemente sobre los caminos de piedra y
caen sobre las tumbas. El cielo se cubre de ramas desnudas, el aire parisino y
el ruido de la ciudad de fondo como una canción. La ciudad de los muertos que
yace en el Este. Los senderos se pierden entre la vegetación y las sepulturas.
Mausoleos monumentales, huesos famosos, sólo huesos y tierra, sólo mármoles y
polvo. El aire siempre es fresco en el Père-Lachaise, es el refugio de las
sombras, es la puerta hacia el pasado. Aún escucho “Non, Je Ne Regrette Rien” de Edith Piaf perderse entre el sonido
del viento mientras veo fugazmente la figura de Jean Baptiste Poquelin con su
andar gracioso esconderse tras un seto. Vos y yo, caminantes diurnos y
solitarios, con el mate y el termo bajo el brazo en un día de calor sofocante
que el cementerio esquiva. Vos, mujer, y yo, espectro, sentado entre las
tumbas, emocionándonos hasta las lágrimas contemplando el lecho donde descansan Abelardo y
Eloísa ¡Ah, desgraciados amantes yacen juntos por fin en la eternidad! Al igual que tantos yacen aquí; bajo el mehir, Apollinaire; bajo un gran busto entre los
árboles, Balzac, disfrutando la música de Chopin tres metros bajo tierra. Un
caso interesante es el de Allan Kardec, fundador del espiritismo, quizás siguiendo su método pueda comunicarme con él, observando fijamente su tumba. Un monumento
cautivó sorpresivamente mi atención, mi sangre se heló y quedé absorto frente a
él. Un rectángulo de cemento y bronce de gran tamaño, con una figura humana
apoyada encima, un pintor. En su pared se hallaba tallada en bronce una escena
de un cuadro que había visto en el Louvre, del cual me había comprado una
pequeña postal, ya que era uno de los que más me había gustado. En tonos
oscuros, una balsa repleta de cadáveres y personas agonizando, un naufragio, un
mar violento con altas olas y un firmamento aún amenazante. La naturaleza encarnizándose
con el hombre, llevándolo hacia su ruina, mostrándole su ferocidad. Un cuadro
del romanticismo en tonos pardos. Resolví nerviosamente buscar en mi mochila
esta postal, así la saqué torpemente y leí la inscripción que tenía en su parte
posterior “La balsa de la Medusa” de Théodore Géricault. Procedí a observar el
mencionado monumento, la tumba de Géricault, él sentado cómodamente sobre su
obra, sosteniendo una paleta y un pincel, mirando plácidamente a los caminantes
con su boina y su barba. Los secretos de París, los misterios del Père
Lachaise, sus lomadas, sus jardines, sus árboles y las hojas secas en el piso,
su frescura matinal en el estío. Seguí mi camino conmovido, conectado con el
pintor, agradecido de las casualidades o causalidades de este cosmos
inexplicable ¡Ay, compañera! ¿Por qué no puedo, acaso, pasar todas mis mañanas
recorriendo el eterno cementerio? Las tiendas del Boulevard Ménilmontant, los
puestos callejeros de discos y libros antiguos, los cafés me invitan a seguir
caminando en la Ciudad de la Luz, una y otra vez. Sentir los aires de libertad
en cada recoveco.
lunes, 22 de julio de 2019
El despertador suena demasiado temprano, ni un atisbo de luz
solar se filtra por la habitación. Las gatas remolonean sobre los pies, invitan
a seguir el sueño. Día tras día, la ropa de trabajo, una ducha, unos sorbos
rápidos de mate y salir a la calle, desolada, sombría, peligrosa. Un colectivo
lleno, un vagón de tren repleto de semblantes dormidos, repletos de hastío. La
estación terminal desbordada, un conglomerado humano sin fin, el sistema
funcionando, el sistema organizado, la estupidez organizada ¿Qué pensar cuando
se cae en la cuenta que solamente es esto la vida? El trabajo, la oficina, los
talleres, el Microcentro atestado, los horarios y los jefes, los edificios que
cubren el cielo. Una y otra vez, el dinero, el intercambio, el mercado, el
Dólar subiendo, el Dólar bajando, el Dólar caminando, el Dólar hablando, el
Dólar gobernando.
El hombre vuelve de la jornada relativamente temprano, lo
que pasa en el trabajo no vale la pena contarlo, la monotonía gris de un
edificio sin ventanas, de una jaula moderna llamada oficina. La calidez de
entrar nuevamente en el barrio, de saludar a los vecinos, a los viejos en el
bar de la esquina, a los amigos que pueblan las veredas con la birra. Ver de
nuevo a los amores, a la compañera, a las gatas, a la familia, y sentir que el
mundo es algo más, que no es todo lo mismo, que aún hay aire, cielo y tierra
por mirar.
Aún así el tedio persiste, pensamientos del absurdo,
pensamientos de la nada ¿Qué carajo es todo esto si al final todos nos vamos al
carajo? Si al final terminamos en la tierra, si al final nos tragan los
gusanos, si al final el olvido no perdona. Ahí viene la imagen de la bala en la
cabeza, de la pared llena de sangre; ahí viene la imagen de las vías del tren y
del cuerpo destrozado; ahí viene la imagen de la soga en el cuello, del cuerpo
colgando; ahí viene la imagen y las lágrimas brotan, y recorren las mejillas, y
se traga un fondo blanco de un vaso de cerveza. Los pensamientos, al fin, son
sólo pensamientos.
El corazón llena de sangre el cuerpo, sangre que busca
pasión para destrozar el tedio. El cuerpo como unidad, como hogar, el cuerpo
como prisión, como jaula que oprime desde cada fibra. La fisiología de la
materia hostigando a la fisiología del espíritu. El corazón que va más allá del
cuerpo, que resuena en cada hueco de la habitación, los latidos constantes, la
vida se siente en las manos, en los pies, en el dolor de golpearse un dedo
contra las patas de la cama, de agarrarse un dedo contra la puerta, de una
despedida eterna o de un desamor. El dolor y el cuerpo, el dolor que nos hace
saber que tenemos cuerpo y que tenemos alma, que las lágrimas brotan incontrolables,
que llenan ríos y mares, que el océano no es otra cosa que nuestro dolor, pero
que también es el asiento de nuestra calma. El dolor de no controlar el cuerpo
ni el alma, de encontrarnos indefensos ante nuestra inmensidad y la eternidad
del universo, que no sabemos bien qué carajo es y hace miles de años que nos
preguntamos lo mismo mirando el mismo mar, la misma tormenta, el agua. El agua
calma, el agua sana. El agua de nuestro cuerpo, nuestros fluidos, nuestra
esencia fresca.
La cama nuevamente, sentir el cuerpo nuevamente, ver las
paredes de la habitación nuevamente, sonreír por estar vivo, por haber vuelto
en sí, aunque habiendo perdido una partecita de algo, que se esfumó en el
viaje, en algún lugar. El sueño placentero. Todo comienza de nuevo.
domingo, 2 de junio de 2019
Mismo
Me detengo siempre en la misma página,
De la misma novela
De la misma historia.
Me despierto siempre a la misma hora,
En la misma cama
En la misma casa.
Me acuesto siempre sobre el mismo césped,
Sobre el mismo parque
Sobre la misma avenida.
Sueño siempre con los mismos rostros,
Del mismo país
Del mismo mundo,
Del
Mismo
Cuerpo
Frágil.
miércoles, 29 de mayo de 2019
Veo el horizonte desde el balcón,
Se visualiza cual porvenir incierto, lejano,
Despiertan ganas de volar, o de tirarme por el balcón, desde
este sexto piso,
Tocar las lejanías, ver más allá,
Indisposición o necesidad de viajar,
Aún así ciudad se extiende por el plano, de norte a sur, de
este a oeste, irrefrenablemente,
Las luces se van encendiendo, un desierto de ladrillos y de
concreto,
Cada centímetro está lleno de vida y de muerte, de amor y de
odio, de paz y de violencia,
Mientras, los gatos juegan con los hilos que cuelgan de la
frazada,
Mientras, el cigarrillo de consume lento,
Mientras, el mate se lava en cada cebada,
Mientras, la TV transmite alguna película yanqui dominguera;
Toco el suelo frío con las manos, algún amigo se abre una
birra,
La gata negra se frota en mí,
Como en cada departamento, en cada habitación, en cada casa,
Todo vuelve en sí,
Y los anhelos se esfuman.
jueves, 9 de mayo de 2019
Un quince en Fiorito
La noche caía en Escalada, estábamos preparándonos para una
fiesta vestidos con la ropa de moda para adolescentes de quince años de aquel entonces. Mi novia
y yo llevábamos una relación de dos años, desde los inicios del colegio
secundario. Recuerdo que todo comenzó cuando éramos amigos, y ella tímidamente
se me acercaba con sus mejillas sonrojadas y su mirada inocente en aquellos
asaltos donde nuestra puerilidad se perdía poco a poco, en algún beso francés
del cruel juego del semáforo o en algún prohibido vaso de birra que afanaban los pibes.
Nuestro vínculo ya estaba consolidado, todo el colegio nos veía como uno a los
dos. Cada vez que había una fiesta de quince íbamos juntos, bailábamos juntos, reíamos
juntos, y la gente curioseaba cuando, por algún inconveniente, uno de los
dos concurría a la velada sin el otro.
Esta ocasión se presentaba bastante particular, la agasajada
era una amiga no tan cercana, que cursaba con nosotros, pero que apreciábamos
bastante y había invitado a todo el curso “B” del colegio pero, sin decirlo expresamente, la enorme mayoría había manifestado que no iba a ir.
¿La razón? La quinceañera era de Villa Fiorito. El colegio se nutría de estudiantes de diversas capas
sociales, principalmente de clase media y media baja. Muchos adolescentes provenían de Budge, Fiorito, Albertina y Caraza, aunque también había alguna
minoría de las clases medias del centro de Lanús y de Remedios de Escalada.
Fiorito en el año 2006, a tan sólo 5 años de la crisis del 2001,
y en pleno momento de restauración económica del país, no
difería demasiado de los barrios ubicados en los márgenes de las ciudades:
calles de tierra, los jóvenes con dificultades para acceder al sistema laboral
e inmersos en problemas de drogas y alcohol, más aún en las zonas vecinas al
Riachuelo, famoso por la contaminación nauseabunda de las curtiembres. Este era
el caso Fiorito, conocido a nivel nacional por haber albergado la
niñez del jugador de fútbol más grande y popular de todos los tiempos, Diego
Armando Maradona, quien en el año 2008 dejó su marca firmando la primera “O” de
la palabra “Fiorito”, que se hallaba en el cartel de la estación de trenes del
barrio. La letra rubricada fue robada al día siguiente. Violencia, robos y muerte,
palabras usuales en boca de los vecinos de esta localidad.
Sí, año 2006, cumbre del rock barrial y la cumbia villera.
Los valores de la calle y del barrio predominaban en una clase media golpeada
años atrás por una de las peores crisis de la historia. Un país que parecía
resurgir de las cenizas, levantarse del fondo pero aún con miles de cuestiones por resolver. La inseguridad, la preocupación principal de las clases medias. Las crisis de
seguridad ciudadana reemplazaron a las viejas crisis de seguridad nacional que
tuvieron lugar hasta mediados de la década del ’90. Aún se oían a lo lejos, resonando en la memoria, los disparos de la Masacre de la Tablada y los levantamientos “Carapintada”.
A las ocho de la noche llegamos a la casa de nuestra
quinceañera, las rejas abiertas de par en par, todo el barrio en la fiesta, o toda
la fiesta en el barrio. El escenario era un amplio patio tras un humilde enrejado, largos tablones de madera con caballetes llenos de
comida, vino y cerveza. Los más grandes sentados, riendo, charlando. Los más
jóvenes afuera, en la vereda, apostados en un árbol hueco, tomando vino rebajado
en una botella cortada, un clásico del conurbano. La casa estaba abierta, se mostraba en su plenitud hacia la calle, los vecinos entraban y salían. Un fervor festivo se dibujaba en los rostros.
Me acerqué junto con mi pareja a saludar a nuestra amiga,
que tenía un semblante renovado y sus ojos brillosos por la exaltación que le
provocaba el evento. Descubrimos también a otra compañera de curso, vecina de
Escalada. La cumpleañera iba de acá para allá, saludaba constantemente a nuevos
invitados, y así transcurría la fiesta.
Ahora éramos tres, nuestra compañera de curso se había unido a nosotros. No conocíamos a nadie pero decidimos acercarnos al grupo de jóvenes
que se encontraba en la vereda:
-¿Cómo están, che? Acérquense, háganse amigos, agarren un
escabio. – Nos invitó uno de los pibes amablemente.
Así pasó una hora, entre bebidas alcohólicas que iban y
venían. Demasiado para nuestro inexperto hígado, sin embargo decidimos no seguir en
el éxtasis etílico, nunca es seguro sobrepasarse en ámbitos desconocidos, y
menos aún en territorios desconocidos.
Todo lo contrario sucedía con nuestros nuevos amigos, los
pibes que estaban sobre el tronco hueco. Sus rostros se deformaban tras cada
sorbo de alcohol, sus voces se hacían roncas y sus movimientos cada vez más
bruscos y violentos.
De repente la amabilidad de transformó en agresividad, lo que se podría decir ''en una tumbeada'':
-¿Che, amigo, y vos quién sos? – Dijo uno con la mirada
perdida que se asomaba debajo de la gorra.
- ¿Vos te la aguantás? ¿Qué onda? ¿Ella es tu mujer?- Con
gestos intimidatorios, expresaba otro.
Mi comfortabilidad fue desvaneciéndose así, mutando en una
incomodidad manifiesta, que brotaba de mis poros, y se leía en mi mirada
pueril.
Cuando uno de los chicos se nos acercaba amenazante atiné a alejarme con palabras de disculpas, y luego le dije a las chicas que vayamos para
adentro. Así fue, nos resguardamos entre los mayores, pero ya queríamos partir,
alejarnos, estar en la comodidad de nuestra casa, en la familiaridad de
nuestros barrios.
No queríamos quedar mal con nuestra amiga cumpleañera pero
nuestra urgencia era salir de la fiesta y del barrio, no sabíamos cómo podía
terminar todo a las seis o siete de la mañana porque seguía entrando gente y
hasta la calle se colmaba, el barrio era la fiesta. Era temprano, el reloj del Nokia 1100 marcaba la una de la
madrugada.
Decidimos ir los tres a encerrarnos al baño, el único lugar seguro. La estrategia que decidimos fue llamar por
teléfono al padre de nuestra amiga de Escalada, sin que el resto de los
invitados advirtiera llamado de auxilio, ya que queríamos explicarle la situación y
pedirle que venga con urgencia. Así, atendiendo a nuestro llamado, nuestro
salvador, el padre de nuestra amiga, prometió acudir en diez o quince minutos y
sacarnos del lugar.
Mientras tanto afuera los pibes ya estaban dados vuelta,
mirando siempre amenazante a estos tres pichones que no eran del barrio. Peor
aún fue la situación que vivimos, ya con los mayores, cuando salimos del baño.
Toda la fiesta se enteró que habíamos ido los tres al baño cerrando la puerta por unos
diez minutos. Los mayores beodos preguntaban, asquerosa y
libidinosamente, si habíamos hecho un trío sexual, concepto totalmente descabellado para nuestras púberes mentes, que solamente comenzaban a
dar sus primeros pasos en las cuestiones sexuales.
Todo esto sumó pudor y horror a nuestra situación, nos urgía
salir de allí. Con valentía me dirigí solo hasta la calle para ver si podíamos
inventar una especie de fuga. Vi la calle de tierra oscura, los rostros me
seguían, las luces amarillentas daban un panorama desolador. Era como estar
perdido en un desierto, como querer escapar de una isla. Mi corazón latía rápido
y con fuerza, mis pupilas dilatadas buscaban un escape, mis manos rogaban
temblorosas que el auto de nuestro salvador llegue de una vez por todas.
Fiorito de noche me aterraba. Con estupor vislumbré que uno
de los jóvenes que estaba en la puerta poseía un arma, un revólver en la
cintura. Reían, cómodos, era su casa, su barrio. Nosotros, ajenos, extranjeros,
foráneos, giles, caretas, de otras raíces.
Por fin escuchamos el sonido de la salvación, una frenada abrupta, un auto llegó con furia, estacionó a diez metros de la
entrada. Era el padre de nuestra amiga, nuestro mesías. Nos hizo señas para
que vayamos, y subimos con urgencia en el auto. El hombre estaba calzado, tenía
una Bersa nueve milímetros. Era policía. Salimos arando por las calles de tierra.
Llegamos a las tres de la mañana a Escalada, nuestra amiga también vivía en la
villa. Un barrio humilde lindero a nuestro colegio. Era nuestro barrio, nuestro
hogar, nuestros espacios conocidos. Pasamos la noche ahí. Respiramos.
Tuve que hacerme en el barro y en la calle, lo fui
aprendiendo paulatinamente. Mis catorce años no eran nada, una historia se me
abría por delante. Fiorito no podía ser mi laguna de Estigia. Ningún barrio es
el infierno. El mío no era Recoleta ni Belgrano, pero al menos era mi casa, mi
familiaridad.
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