Me recompuse violentamente de mi inconsciencia, casi desfallecido, acostado entre la
vegetación del bosque iluminado por la luz de la luna. Sentía la humedad en mi
piel, transpirando nerviosamente, desorientado y desnudo. Una extraña fuerza me aplastaba contra la
tierra, apenas lograba alzar mi cabeza. Súbitamente un escalofrío recorrió todo
mi cuerpo, una pesada niebla cubrió los árboles. Sólo se veía un sendero y a lo
lejos una figura teriomórfica; allí lo vi, con sus patas de macho cabrío, su
torso desnudo y humano, sus cuernos sobresaliendo de su cabellera, sus ojos
rojos mirándome fijo. Comencé a balbucear
involuntariamente, temblando de pies a cabeza con una sensación
inenarrable, una energía que me explotaba el pecho. Grité de dolor y de placer,
lloré y reí a carcajadas. Finalmente me levanté y una mueca se dibujó en mi
rostro. Podía ver más allá, como si mi mirada fuera un águila sobrevolando
montañas, mares, campos y ciudades, hasta el confín más lejano del mundo.
Allí ocurrió mi transfiguración, desde aquella noche el Dios
Pan me poseyó, soy la fuerza violenta de la naturaleza, con sus deseos incontrolables,
sus caprichos salvajes. Recorro las callejuelas de las aldeas a la madrugada,
los prados donde pasta el ganado. No pueden verme, soy invisible al ojo humano,
sólo pueden sentirme en los sueños nocturnos, en los gritos de horror suena mi
voz como un acorde musical.
¿Dónde están los que cantaban y bailaban por mí?
¿Dónde están los que me invocaban en las noches en los montes
de Ménalo, Lampea y Nomia?
Profanaron mis santuarios, prohibieron mi nombre.
Habrá un día donde las gentes del mundo me vuelvan a
observar, corrido sea el velo de los antiguos y nuevos valores. El miedo es un
mito, una ficción, una falacia de la realidad. Subterfugio de las formas frente
a los poderes salvajes, a la realidad eterna de nuestra animalidad. Aquellos
que se espantan, que utilizan sus
máscaras de benevolencia, tienen oscuridad en las entrañas. La Verdad surgirá
de una nueva luna y la Fuerza Natural volverá.