La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

viernes, 18 de septiembre de 2026

Grabáme la eternidad de tus palabras en mi epitafio,

Gris y marmóreo,

Impertérrito ante las vicisitudes del tiempo,

Que azote el vendaval mi nombre,

Que caigan las hojas mustias sobre mi lecho.

Las hojas verdes de la hiedra húmeda cubren la piedra,

se esconde mi antiguo nombre.

Un visitante taciturno contempla el espectáculo,

naturaleza viva y muerta;

descubre la voraz enredadera,

los feroces eones no borran mi nombre.


 Kuña, veo tu indomable andar entre el monte,

tu tez dorada como el sol abrasador,

el pelo negro, tu gracia, suave candor,

mientras observás sosegada el horizonte,


Kuña, la frescura del arroyo tus pies baña,

te llaman los ecos de la tierra colorada,

pueril respondés con tu canto y con tu mirada,

vertés sobre sus viejas tumbas la dulce caña, 


Kuña porá, tu modesta aldea arrasada,

el cielo se torna ahora rojo por el fuego,

angá, kuña porá, se escucha en él tu ruego,

Truena por los montes tu funesta bramada.


Kuña, te observo desde tiempos lejanos,

en mi roja sangre tu ancestral memoria,

desde los confines de la vil historia,

conmueven mi pecho los siglos tiranos.



jueves, 10 de septiembre de 2026

 Me azota el mareo (¡Qué necesidad irrefrenable de escribir!)

Se me nubla la vista (¡Qué necesidad inexorable de existir!)

Ahora sí, la lámpara desparrama su luz por todo el escritorio: los libros, el vaso de vino y papeles sueltos.

 ¿Y si todos los ruidos se detuvieran, como si todo el mundo exterior no existiera?

Oiría aún la verborrea de mi mente (¡Mi obcecada memoria!)

Observo mis manos, amarillas por la luz. Mis manos tiemblan, tiemblan como la tierra se sacude en los terremotos (¿Mis manos hablan?) 

La vida eléctrica.

Ruidos, rumores, motores, la ciudad.

Oigo una risa, una risa frenética. Los vecinos se ríen a carcajadas. 

La madera cruje ¿Estará viva?

La vida ecléctica.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

 Te llamo, te susurro, y el sonido de mi voz recorre todas y cada una de las calles y avenidas de Garbatella. Estás durmiendo en tu departamento de los viejos edificios comunitarios, con sus colores ocres que contrastan con el verde de los jardines. Te despertás como un autómata y caminás descalzo por las desiertas calles de la periferia romana. En trance sereno, tus pasos suaves son apenas perceptibles en el camino. Sin dudarlo te dirigís hacia el norte, hacia el barrio de Testaccio, donde las viejas ánforas de vino se acumularon, se cubrieron de tierra y formaron un monte. Llegando al Cementerio donde están enterrados Keats y Shelley me ves, al fondo del camino, como un espectro te espero. Mientras atravesás lápidas y mármoles, sepulcros donde nocturnos felinos se acurrucan, te sigo con el sosiego de mi mirada. Me ves inmóvil, pétreo, sonriente.
Cada noche te espero y te abrazo como si nunca fuera a soltarte. Cada noche te llamo y mi voz se mezcla con el viento que acaricia las hojas de los árboles. Mi voz como un canto resuena en la vieja Roma.

lunes, 24 de agosto de 2026

 Cada noche es un sendero sinuoso y raído por el tiempo,

entre las sombras de los recuerdos,

entre las nieblas de los pensamientos.


Cada noche es una casa desconocida,

entre personas sin rostro,

entre bailes que no comprendo.


Cada noche es una montaña escarpada,

entre gélidos desfiladeros de acciones erradas,

entre valles bañados por la cálida luz de la mañana.


Cada noche es una ciudad perdida,

entre multitudes que me abrazan,

entre edificios que me observan.


Cada noche es una puerta entreabierta,

por la que la luz se asoma tímida,

por la que se escucha la vida de fondo.

jueves, 13 de agosto de 2026

Caída mítica de Buenos Aires

 Desde la ventana empañada el barrio parece una pintura impresionista, los colores grises del cielo se confunden con la vivacidad de la vegetación. La lluvia en pequeñas gotas, ínfimas, es incesante, un vaho, una exhalación de la atmósfera. El nivel del agua sube con paciencia e inunda las calles, manzana por manzana. Primero llega hasta las veredas, luego casi hasta las entradas de las casas, las rejas, los pasillos. Los vecinos, sin dudarlo, sin sorpresa y con resignación, suben a sus improvisados botes y navegan los canales del conurbano con la habilidad de los gondolieri

Atrás queda el pastizal, los humedales ganaron el terreno perdido. Lo que otrora era un infinito horizonte verde, hoy es una gran laguna navegable. La Pampa es como un mar dijeron una vez, hoy la literalidad encarnó esta realidad. 

Abyectos corsarios aguardan en las esquinas más desoladas para desvalijar a los botes mercantes, almacenes flotantes. Los gatos se habituaron a las rutas de los techos y logran con facilidad moverse por las aisladas manzanas. El consumo de peces contaminados reemplazó a la noble carne pampeana, las vacas no saben nadar. Se mezclan las cloacas con el agua mientras la ciudad se sumerge en la oscuridad. 

Diluvia, llueve, llovizna, garúa. El agua llegó y el agua nunca se fue. El sol es sólo un recuerdo, una vaga remembranza de otras épocas, de otra Argentina, aquella que tenía el sol en el medio de su bandera.

Buenos Aires cambió su fisonomía: La sofisticada Reina del Plata yace mórbida por las aguas cloacales, sudada, ahogada. Sus gritos subacuáticos son ecos, rumores que se confunden con el ritmo estentóreo de los motores de lanchas y catamaranes que colman las avenidas.  

El agua corre como una bendición que limpia las entrañas de la ciudad. El agua corre como un castigo bíblico que azota a la corrupta Cacodelphia. Los lascivos hombres de traje no abandonan sus mañas de lupanar, mientras ávidos escruchantes aprendieron buceo para culminar indemnes sus trabajos. La policía encontró  edificios ruines y abandonados para continuar con sus tramoyas. Los grises oficinistas y operarios apuran las brazadas de sus humildes embarcaciones para no perder el presentismo. Algunos emprendedores ya adecuaron las estrategias para el provecho de sus negocios con el nuevo Delta.

Buenos Aires sumergida eternamente como la nueva Atlántida, yace en las profundidades del fangoso Río de la Plata que de tanto olvido se enfureció transformándose en mar.

martes, 21 de julio de 2026



Mirá esos caminos de tierra, repletos de hojarasca, que se pierden en el follaje, que se elevan hacia la oscuridad, que parecen sempiternos.
Una voz te llama desde la recóndita foresta, como si fuera un canto de sirena, te embelesa y vos obnubilado te adentrás en los caminos; que te llevan a destinos inciertos, a lugares inhóspitos de belleza agreste.
La áurea luz casi no penetra en esas estancias, y el repentino graznido de un cuervo te estremece. Su vuelo rompe la precoz noche y te guía hasta el final. 
Tu voz resuena como un eco, tu rostro se refleja en el espejo.

Oda a las yungas

Si me arrancaran los ojos ¿Seguiría viendo la belleza de tus montañas?

El paisaje quedó impreso en mis pupilas, como una cortina sublime que cubre todo pensamiento;

Las diferentes tonalidades de la vegetación, la abundante flora y el vuelo de un tucán;

Cerros frondosos, quebradas de piedra colorada, se pierden en el horizonte;

Mientras las nubes se retiran como un manto blanco.


Si me arrancaran los oídos ¿Seguiría oyendo el clamor de tu fauna?

Bajo la protección del coquena encuentro berridos, ladridos, cacareos y el cantar de las aves;

El wayra que resuena entre los valles;

Como una armoniosa orquesta natural viva en el paisaje eterno.

No habrá más lugar para el silencio.


Si me arrancaran la nariz ¿Seguiría percibiendo el perfume de tu tierra?

El aroma fresco de la húmeda arcilla y el rocío matinal;

El hedor del ganado, el amargo carbón y las antiguas cocinas;

Suculentas frutas afables llenas de tu sangre de miel;

Fragancias dulces de las entrañas de tu jungla.


Si me arrancaran la piel ¿Seguiría sintiendo el abrazo de tus cerros?

Tierra negra que se escurre suave entre mis dedos;

Punzantes ramas y maleza hostil en los montes.

Mis pies se refrescan en la caricia de tus arroyos;

Relente que me eriza la piel en tus mañanas mientras me baña la tibieza de tu sol.

jueves, 18 de junio de 2026

                   Escribo sobre lo Innominable

Mis lívidos pies encontraron reposo en la dichondra, mientras la luz de la mañana invernal se filtraba entre las hojas de la parra. Me encontraba frío, desnudo sintiendo en cada fibra de mi piel la gélida brisa. Jugaba con mis manos, haciéndolas danzar al compás del invisible viento, las observaba con detenimiento mientras volaban por el fondo verde.
El hálito se tornó casi nival de repente, sentí su presencia, sus mortecinos y largos dedos rozarme los indefensos brazos. Mi piel se erizó, me estremecía su encuentro. Las hojas secas, muertas, se arremolinaban en el camino de piedra.
Por un instante se dibujó una inscripción de guarismos en el aire, apenas lo pude percibir pero ya no la recuerdo.
Me senté sobre la vegetación, mientras me apoyaba ésta se secaba, volviéndose marrón y quebradiza. Me acosté y miré el cielo, despejado, sin una nube, mientras los rayos de sol se sentían como hilos de oro que bañaban mi jardín resplandeciente.
Entre el sosiego creciente emergió una inesperada calidez y ternura, despertando de un pesado letargo sentí sobre mi pecho un leve peso. Abriendo mis ojos ya abiertos vi un rosado hocico en primer plano, una gata se apoyaba sobre mí, ronroneando intensamente, observándome con sus atentos ojos.
La fuerza vital para comenzar otra vez.

miércoles, 10 de junio de 2026

 No ven nunca la luz del sol, sino un cielo metálico gris con la artificial luminosidad de las máquinas. El verde paisaje es sólo un antiguo mito de los primeros hombres, pertenecientes a otra estirpe de la historia. 

Se levantó con el despertador de cada día, abrió sus ojos para mirar nuevamente el hermético compartimento lleno de cables rojos y azules. No había ventanas, no había nada más allá, sólo un murmullo fabril constante.

Un camastro, una cinta en el piso, tubos y cables.

Hora de la alimentación. Engulló la comida del tubo, una pasta inodora y marrón, hasta saciarse.

Hora del entrenamiento. Trotó por la cinta del costado unos cuantos minutos, luego flexiones, luego abdominales. Era requerido estar en buena forma física.

Hora de la reproducción. Estímulo automático para depositar el simiente en los tubos especiales.

Hora del reposo. Se volvió a acostar en el camastro, el sueño vino sin demasiado esfuerzo, casi como un automatismo.

No hay un vestigio de placer, de sentimiento ni de abstracción. El cerebro se desacostumbró a pensar. 

Las instalaciones eran controladas con minuciosidad para evitar que las enfermedades puedan propagarse, y también para evitar que se despierte esa chispa primal que puede engendrar una rebelión.

Lo que lo controla no es humano.

Humano, palabra en desuso, concepto arcaico, seres anacrónicos.


viernes, 5 de junio de 2026

17 de enero de 1949

 Una gota de agua en el mar de la eternidad,

inasequibles imágenes en el negro paisaje,

trascienden lo cognoscible de este frágil lenguaje,

Historias crípticas que se duplican en la inmensidad.


¿Dónde se van las ánimas en ese abismo de humanidad?

Una vez que se desprenden las hojas muertas del follaje,

y caen suaves para hundirse en el entramado de su linaje,

para quedar olvidadas, como tantas, en la nimiedad.


Tu voz sagrada, sin embargo, no es quimera,

Su lírica gracia deviene ahora sempiterna,

Tu humilde pueblo ante ti se prosterna,

como aquel que un ídolo o un Dios considera.

viernes, 15 de mayo de 2026

La vid

 Nunca comas las semillas de la uva, te va a crecer una vid por dentro, las irregulares ramificaciones van a tomar tus extremidades y el tronco te saldrá por la boca que se te abrirá espantosamente. Tus ojos se voltearán y en tu pálido rostro se marcarán todas las venas. Harás un ruido ahogado, un estertor, temblando de pies a cabeza. Tu cuerpo inerme quedará clavado en el suelo y te convertirás en tierra. Tu sangre seca le dará el color a la uva, de la cual se fermentarán los mejores vinos para tomarlos en tu honor.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Tiro

 El viento este disipó las nubes desnudando el color del cielo, celeste como aquellos ojos que anhelabas volver a ver en la isla de Rodas. Las mañanas en Tiro eran ajetreadas, el mercado, el puerto, el comercio incesante y las distintas lenguas que se mezclaban entre el gentío formaban un murmullo constante. Despertaste de a poco en tu humilde lecho, era el día del viaje, las rutas comerciales no podían esperar más y el tiempo era excelente para la navegación. 

Asherah, tu pequeña gata, no quería salir de tu regazo, ella también debía partir con vos, adentrarse en el Mediterráneo. Dicen que si un barco no lleva un gato a bordo le esperan mortíferas tempestades, los felinos son un amuleto y más aún Asherah, tu gatita gris, a quien nombraste en honor a la madre de todos los dioses.

Vestiste tu túnica y tu capa, te dirigiste camino hacia el puerto con Asherah en brazos. Atravesando el mercado miraste los rostros diversos, rasgos lejanos, gestos desconocidos y conocidos, productos variopintos, colores por doquier. La gatita también miraba abriendo los ojos, con pupilas dilatadas y cachetes inflados, la numerosa comida fresca que se vendía.

Llegaste al barco, observaste el mástil y la vela enrollada, dejaste a la gata en la cubierta mientras el sol ardía desde el oriente. Habíase extrañado el constante balanceo que se siente arriba del barco, la danza constante del mar, tu primer amor, el aliado más fiel de tu pueblo. Organizaste todo con detalle mientras iba subiendo la tripulación; no podía faltar comida ni tampoco las ánforas de vino de Biblos, placer al que nunca renunciabas. 

Las velas se desplegaron y la nave partió, el olor a mar te inundó nuevamente, se abría ante vos la inmensidad azur colmada de gaviotas. El viento a favor los llevó velozmente hacia Kition, donde dejaron mercaderías y comerciaron otras con los locales. Fenicia florecía por todo el Mediterráneo, conectando pueblos, lenguas, ciudades.

Tus ojos no abandonaban nunca el Poniente, Rodas te esperaba, sus ojos se dibujaban en el horizonte como un demiurgo gigante que te observaba buscándote. La habías conocido hace veinticinco lunas nuevas, las contaste una por una desde que dejaste la isla. Sus manos te habían devuelto el nefesh, tu aliento vital. Pasaron días y noches recorriendo cada recoveco de la isla, sentados en las rocas mirando hacia oriente; bebieron vino de Lesbos al atardecer. Eran días sin fin, eternos, como si siempre hubiera sido ese momento. Tuviste que partir, Tiro siempre llamaba, el mar siempre llamaba.

Un atardecer, mientras el mar tomaba el color del vino, notaste a Asherah inquieta, corriendo de proa a popa, de babor a estribor. La tomaste en tus brazos y la calmaste con tus mimos, mientras mirabas hacia el sur y notaste un cielo negro, furioso. El viento empezaba a golpearte la cara con pequeñas gotas de agua. El mar se enfureció y Asherah se refugió en el interior, vos tomaste el timón mientras dabas órdenes a la tripulación. Pronto las olas comenzaron a golpear a babor, el agua salada entraba y la podías saborear, como también podías saborear la muerte, cazadora eterna de los marineros. El barco se tambaleaba como una débil hoja seca en una ventisca. La inmensidad del mar, lo sublime del mar, como un desierto de agua infinito que se sacude, que revolea a los barcos como un perro revolea a las moscas en su lomo. Fueron horas eternas de lucha, el poderoso Baal se estaba desquitando.

Un marinero cayó al mar, era un joven de rostro angelado oriundo de Sidón. Su grito te heló la sangre, se acercaron a babor a buscarlo pero las olas lo alejaban, el mar golpeaba. Lo viste mientras apenas lograba flotar entre ominosas olas, entre el terror del mar, entre montañas de agua, mientras se alejaba cada vez más y sus gritos se volvían silencio. 

Asherah volvió a cubierta, la lluvia comenzó a ser cada vez más fina, y la feroz danza de las olas comenzó a amainar, volviendo a un ritmo aletargado y constante. La noche había pasado, el amanecer bañó de un manto dorado al mar, el agua resplandecía nuevamente y el cielo se tornaba celeste.

Rodas te esperaba, tu corazón soportaba una herida más pero seguía latiendo. Siempre buscabas el horizonte, siempre buscabas el Poniente.

Tu tripulación le agradeció a Asherah, dicen que si un barco no lleva a bordo un gato le esperan mortíferas tempestades, que el lecho marino está lleno de barcos, que es un cementerio de antaño y del porvenir.


lunes, 11 de mayo de 2026

Radišani

 Despierto en el sillón, abrazado por el blanco edredón, se siente el frío exterior como un gélido respiro nival. Mis pies tocan la suave felpa de la alfombra, el silencio es absoluto y la oscuridad también. A tientas me acerco a la ventana, levanto la persiana y veo el balcón tapado de nieve como si un manto albo cubriera todo el barrio. Cae la nieve sigilosa, solamente un gatito negro se escabulle hacia el jardín a guarecerse del frío entre los setos. Las casas se pierden en un paisaje blanco y gris, una mezcla de polución, humo y nieve, las montañas apenas se vislumbran. Las sinuosas calles de Radišani no emiten palabra alguna, el aroma a café turco se escurre por la puerta del comedor.

En algún bar cercano parroquianos degustan un pulsudo plato de tavče gravče, mientras los vasos de rakija se vacían y se llenan sin cesar. Los colectivos de dos pisos pasan infrecuentemente por Radishanska, alguna señora entrada en kilos lo espera en la solitaria parada, nadie piensa en pagar el boleto. Los caminos descienden hasta Čair, donde los eslavos, los romaníes y los albaneses se mezclan en una variopinta multitud. Skopje domina el valle del Vardar, extiende sus brazos entre los cerros, se pierde en el Vodno. Es otro día más en el corazón de los balcanes.

Como imágenes furtivas resuenan los ecos de mi memoria. Son sólo recuerdos, viajes a un pasado cada vez más lejano desde esta languidez que tiñe mi ventana de gris, un otoño cualquiera.

April is the cruellest month en el hemisferio sur, la literalidad de la pesadumbre se cierne en el paisaje argentino.

lunes, 4 de mayo de 2026

Bajabas por la montaña casi sin tocar el suelo, flotando entre caminos serpenteantes. Descendías entre sombras mientras las luces del pueblo se iban encendiendo y el aroma de aceite de oliva, ajo y salsa de tomate te envolvía, trayéndote de golpe la niñez. Veías el mar de fondo, al final del camino, cuesta abajo, veías el mar como el fin del mundo, de tu mundo de ese día. Porque cada día tiene su propio universo, su propia realidad que se repite en cada recuerdo. Bajabas la montaña sin pensar en otra cosa que en el mar, que separa y une pueblos, porque el mar siempre fue una oportunidad. Tomaste tanta velocidad que volaste con tu bicicleta: primero sobre el pueblo y veías el puerto, los bares en la costanera, y luego los barcos y el mar, para después ver otros puertos y otros pueblos que hablaban lenguas irreconocibles mientras la gente, con rostros cansados, volvía a sus casas. Volabas y la tierra se extendía casi como un misterio infinito, donde hay miles de ventanas y mesas servidas, y familias cenando. Volabas en tu bicicleta y veías el Atlas.

lunes, 13 de abril de 2026

Unidad

 Adentro de la arrugada masa encefálica, entre sus pliegues viscosos, cabe toda la humanidad, toda la historia del mundo y la existencia misma. 

Alberga un sinfín de universos, todas las líneas temporales posibles, mundos imaginados y por imaginar, pasado, presente y futuro, los misterios ancestrales. 

Dios está encerrado en cada cuerpo, el origen de la palabra, los sentimientos y la locura. 

Una palabra, un signo arbitrario imaginado, pensado, que se materializa en este plano físico.

Lo onírico como parte de lo real, como la más vasta extensión de la percepción. 

Dentro de la piel, los músculos, los huesos del cráneo, los sesos: Todo.

Simples elementos físicos, frágiles, de materia putrescible, perecedera y fétida.

Efímeros, ínfimos ante la eternidad como una pequeña mosca que las palmas de la mano pueden reventar desvaneciendo su mísera existencia en un segundo. 

Carne que lividece, se corrompe y se une al resto de la material terrenal como si el mundo fuera uno, una unidad compuesta por miles y millones de existencias.

miércoles, 8 de abril de 2026

A la memoria de I. L. Albarracín


La lluvia fina e incesante cubre el viejo camino de baldosas rotas.
Entre las grietas crece la salvaje vegetación, la niebla matinal desborda el paisaje como un aliento antiguo.
Allí se alza, humilde y solemne, tu sepulcro, coronado con una alta cruz mientras las ventanas rotas desnudan la cripta.
En la placa de bronce destrozada se adivina tu nombre olvidado.
La memoria perdura ya más de un siglo, quedan sólo ecos de tu historia;
Añejas como el ombú quedan tus andanzas de filántropo;
Tus encendidos discursos en el Congreso, la lucha por la naturaleza y lo animal, lo esencial de la vida.
Cae la lluvia imperturbable sobre este sepulcro alejado de la metrópolis;
Tumba en tu memoria en las entrañas conurbanas, asentadas en la indiferencia.
Cae la lluvia imperturbable en la eternidad de tu nombre que sólo algunos recordarán.
Ya no existe la finca de la calle Boedo donde exhalaste tu última bocanada de aire.
Sólo queda tu nombre, tus rastros en la historia, tu conciencia animal.
Hay huellas que incluso los eones, la lluvia y el viento no borran.
Cae la lluvia impasible sobre las baldosas rotas, sobre el camino reverdecido por los salvajes yuyos pampeanos que se niegan a morir.
El cielo gris, hoy cien años después, el mismo que mirabas mientras crecías en tu San Juan natal.
El mismo cielo gris de las lomas de los pagos de Zamora que elegiste en la adultez.
El mismo velo plomizo que viste por última vez ese abril, mientras la lluvia caía sobre tu lívido rostro.
Y ahora la mirada se eleva hacia el cielo y las gotas caen, una y otra vez, infinitamente, bañándote al fin en un abrazo sempiterno.

miércoles, 1 de abril de 2026

 Algunos recuerdos traen consigo una sensación de un sosiego pretérito, extinto; como un resabio lejano de un perfume de azahar, o como la tenue luminiscencia que brota del fondo de un túnel extenso como el tiempo. Son apariciones vívidas como un desvarío, un período de lucidez, entre tanta inextricable realidad, tan verídicas como un hecho incontrastable. Se pueden ver sin mirar, simplemente surgen frente a los ojos huecos de cotidianidad.

El paisaje verde de un jardín mientras el sol baña las hojas, el zaguán antiguo y una pesada puerta de madera con remaches negros. Un domingo al mediodía, mientras suena un tango taciturno, mientras los aromas caseros efluyen y se escapan hasta la vereda. Se observa como si fuera un film, como si se pudieran adivinar los movimientos de los habitantes perecidos pero atrapados en el tiempo, en un momento que nunca fenece.

viernes, 6 de marzo de 2026

Cuando las luces del terror incendian la noche de Oriente...

Me pregunto cómo estarás, qué harás con tus gatitos, si te esconderás en ninguna parte, si los escombros te sepultaron, si llegaste a mirar las flores del jardín por última vez, o si las nubes de humo y pólvora te lo negaron.

Me pregunto si en el aire queda olor a carne quemada y pelos chamuscados, si algún libro de las bibliotecas quedó en pie, si las mascotas sobrevivieron, si no quedó en la mesa una tacita de té.

Me pregunto qué estabas haciendo justo en ese momento cuando el día se hizo noche, o cuando la noche se hizo día y la luz te encegueció, envolviéndote en una blanca mortaja.

Me pregunto qué sentirá la piel al escuchar los aullidos de horror, las estridentes voces de socorro y las muecas dolor; los estruendos que traen esos silbidos lejanos.

Me pregunto, si alguna vez te vuelvo a encontrar, si serás la misma que se me acercó una tarde asfixiante de calor bajo los eternos muros de la Ciudadela de Karim Khan.


sábado, 28 de febrero de 2026

Es difícil describir la sensación de caminar por las calles de Estambul, cada recoveco esconde profundas historias que intangibles vencen al tiempo y a los vicios de la memoria. El Mármara y el Bósforo son omnipresentes en su paisaje, el Cuerno de Oro se abre con su majestuosidad. Las gaviotas son los personajes principales del cuadro, merodeando a los eternos pescadores apostados sobre el puente, persiguiendo a los barcos como presas. Escaleras, callejones estrechos, mezquitas, sinagogas e iglesias; todos sus rincones poblados por simpáticos felinos, acostumbrados a la calle, al tránsito de los tranvías, los automóviles y la gente. 

Adentrándose en el Mármara las Islas del Príncipe, llamadas Adalar por los locales, término que simplemente significa islas en turco. Büyükada, Heybeliada, Burgazada, Kınalıada, Sedef, Yassıada, Tavşan, Kaşık, y Sivriada; cada una con sus bosques, sus playas, sus puertos, sus pequeños pueblos donde habitan pequeños restaurantes de madera y mínimos cafés animados en las tardes de verano.

El relieve de la ciudad es un antónimo de mi llanura pampeana: aquí, las calles forman meandros que suben y bajan, algunas incluso no son otra cosa que escaleras que conectan los desniveles. Caminar es más cansador pero sumamente más atrapante, hipnótico.

La arquitectura es ecléctica, genoveses, bizantinos, armenios y otomanos brindaron su impronta. El cruce entre Oriente y Occidente, la ciudad de la eterna contradicción, donde hay minifaldas y velos.

El llamado al rezo resuena en todas las calles, se pierde en las bahías mientras el sol se esconden. Algunos viejos se apresuran para llegar a las mezquitas, otros jóvenes ni se inmutan. El humo del cigarrillo pulula por todos lados, mientras parroquianos toman çay y juegan a las cartas en un local perdido.