Adentro de la arrugada masa encefálica, entre sus pliegues viscosos, cabe toda la humanidad, toda la historia del mundo y la existencia misma.
Alberga un sinfín de universos, todas las líneas temporales posibles, mundos imaginados y por imaginar, pasado, presente y futuro, los misterios ancestrales.
Dios está encerrado en cada cuerpo, el origen de la palabra, los sentimientos y la locura.
Una palabra, un signo arbitrario imaginado, pensado, que se materializa en este plano físico.
Lo onírico como parte de lo real, como la más vasta extensión de la percepción.
Dentro de la piel, los músculos, los huesos del cráneo, los sesos: Todo.
Simples elementos físicos, frágiles, de materia putrescible, perecedera y fétida.
Efímeros, ínfimos ante la eternidad como una pequeña mosca que las palmas de la mano pueden reventar desvaneciendo su mísera existencia en un segundo.
Carne que lividece, se corrompe y se une al resto de la material terrenal como si el mundo fuera uno, una unidad compuesta por miles y millones de existencias.
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