La finalidad de la poesía es lograr la empatía entre el escritor y el lector

jueves, 13 de agosto de 2026

 Desde mi ventana empañada el barrio parece una pintura impresionista, los colores grises del cielo se confunden con la vivacidad de la vegetación. La lluvia en pequeñas gotas, ínfimas, es incesante, un vaho, una exhalación de la atmósfera. El nivel del agua sube con paciencia e inunda las calles. Los vecinos poco a poco suben a sus improvisados botes, navegan los canales del conurbano con la habilidad de los gondolieri

Atrás queda el pastizal, los humedales ganaron terreno. Lo que otrora era un infinito horizonte verde, hoy es una gran laguna navegable. La Pampa es como un mar dijeron una vez, hoy la literalidad encarnó esta realidad. 

Pérfidos corsarios aguardan en las esquinas más desoladas para desvalijar a los botes mercantes, almacenes flotantes. Los gatos se habituaron a las rutas de los techos y logran con facilidad moverse por las aisladas manzanas. El consumo de peces contaminados reemplazó a la noble carne pampeana, las vacas no saben nadar. Se mezclan las cloacas con el agua mientras la ciudad se sumerge en la oscuridad. 

Diluvia, llueve, llovizna, garúa. El agua llegó y el agua nunca se fue. El sol es sólo un recuerdo, una vaga remembranza de otras épocas, de otra Argentina, aquella que tenía el sol en el medio de su bandera.

Buenos Aires cambió su fisonomía, raquítica, famélica. 

El agua corre como una bendición que limpia las entrañas de la ciudad. El agua corre como un castigo bíblico que azota a la corrupta Cacodelphia

Buenos Aires es la nueva Atlántida, sumergida eternamente en las profundidades del fangoso Río de la Plata que de tanto olvido se enfureció transformándose en mar.